Tuesday, March 28, 2023

La doble vida de Santiago Parral

 

En esta ocasión*, Malú Huacuja del Toro vuelve a sorprendernos mediante su novela Todo es personal, bastante bien editada por la editorial Malpaso, que cuenta con distribución en Barcelona, México, Argentina y Nueva York, lo que hará que, por fin, la propuesta narrativa de una escritora tan singular como Malú llegue a más lectoras y lectores. Quiero subrayar el “por fin”: ya es algo justo y merecido luego de haber mostrado, demostrado y comprobado que es una escritora que sí tiene algo que decir en sus siete novelas previas, por no hablar de su propuesta de narrativa breve ni de sus aportes como guionista a la cinematografía mexicana contemporánea.

Hábil lectora del género policial, por señalar la punta de la madeja, la mayor parte de los textos producidos por Malú, la mayor parte por no decir TODOS, ofrecen siempre un misterio por resolver… o varios. En lo que ya forma parte de un estilo inconfundible, la propuesta de Malú puede quedar sintetizada con el título de esta presentación: la doble vida de Santiago Parral. No es que las historias no sean lo que aparentan. Siempre son eso… “y algo más”, pero esto requiere de cierta explicación, de cierto desarrollo y hoy tomo como pre-texto la historia central de Todo es personal: Santiago Parral, un afamado director de narco telenovelas y narcoseries es asesinado en el set de rodaje de su más reciente y última dirección. Santiago es un ser poderoso, muy poderoso y, por consiguiente, muy cercano al poder político y al poder de las organizaciones criminales y al poder empresarial: su casa productora Tigres Blancos S.A. de C.V tiene como fachada la producción de telenovelas y series que tratan de lavar la cara del narcopoder, al mismo tiempo que, en efecto, se dedica al lavado de dinero mediante sus “consultores”, eufemismo que mezcla por igual a políticos y narcotraficantes… Santiago es asesinado y la conformación de pistas que puedan servir para dar con quien sea que lo haya matado (o mandado matar, porque aquí, como en las otras propuestas de Malú, las apariencias engañan) es la línea central de Todo es personal… pero esa línea nos permite conocer otras vidas paralelas… o perpendiculares… o ramificadas de la historia central, al punto que nos impiden afirmar el nombre del asesino… o asesina… o asesinos… o asesinas, porque más de un personaje tenía motivos de sobra para intentar, y lograr, deshacerse de una vez y para siempre de este “enigmático” personaje.

La vida de Santiago es una apariencia, como su empresa… y como la vida de Pilar Santos su exmujer y socia de Tigres Blancos… o como la de la hija de ambos: Artemisa Parral Santos… o como la de Mónica del Sol, la frustrada bailarina de ballet convertida en actriz principal de las series de Santiago… o la de Pascual Morales, quien se encargará de escribir el guion no sólo de la serie, sino de la versión OFICIAL de la muerte de Parral… o la del galán Samy Méndez… o la de la afamada cantante Almira…o la de Laura Basurto, el ama de casa que apoya la economía familiar mediante la APARENTE venta de joyas, siendo en realidad una troll, una cibergolpeadora que oculta la figura de una periodista frustrada… o bien, la de su inútil marido, Eduardo Borja, aparente asistente de la dirección de arte y aparente pintor incomprendido, que oculta su verdadera faceta de DEALER de las producciones de Tigres Blancos… etc, etc, etc

Con estos elementos tenemos, por ahora, para explicar tres características centrales de la propuesta de Malú. Primero: la historia central de sus relatos (englobo aquí los relatos breves, las novelas, los guiones) puede variar; de hecho, varía siempre, desde la perspectiva del o la leyente. En Todo es personal, el anzuelo es el asesinato de Santiago Parral, pero cualquiera de las historias paralelas puede ser tomada como la principal. Hay siempre, siempre, una historia aparente y una, o varias, verdaderas. Segundo: Estas historias pueden estar relacionadas con la industria del entretenimiento (Un Dios para Cordelia), con el mundillo cultural-literario (Crimen sin faltas de ortografía), con el de la política mexicana (Crueldad en subasta) o bien, con la de nuestros vecinos norteamericanos (Al final del patriarcado); es decir: SIEMPRE hay una institución social que, como los personajes que alberga, tiene su cara aparente y su cara real, generalmente rebosante de corrupción, impunidad e intrigas donde, venir a ver, todo es personal. Tres: la de Malú no es una literatura sencilla. El o la leyente deben leer, valga la redundancia, con los ojos bien abiertos y, de ser posible, con lápiz y papel en mano, pues la información que vamos construyendo puede cambiar radicalmente con una frase o con la inclusión de un personaje que… ya había sido mencionado con anterioridad, pero “sólo de pasadita”.

Destaca también en Todo es personal, el profundo conocimiento de parte de su autora acerca del mundo detrás de las cámaras y los escenarios de las producciones que vemos en pantalla. Esto no es nada casual ni aventurado. Este punto nos remite a 1997 (y cuando menos a un par de años atrás) y a uno de los mejores y más originales libros que debemos a la hipercuriosidad e hiperactividad de Malú: Los artistas de la técnica: historias íntimas del cine mexicano, libro que debería ser re-editado y difundido como Todo es personal (guiño para Malpaso). Este libro de entrevistas nos permite conocer no sólo el trabajo sino los nombres de quienes, en buena parte de la historia del cine mexicano formaron parte de ese “detrás de cámaras”: pintores, continuistas, sonidistas, animales actores, caracterizadores, continuistas, fotógrafos, críticos… vamos: en ese libro Malú no pierde detalle y para muestra basta un botón: hay ahí un capítulo titulado “El apetito de las estrellas”, donde platica con Irma y Ángel Mendoza, hijos de Natividad Soriano Morales, mejor conocida como La Güera, la cocinera “oficial” de los estudios Azteca, CLASA Films y los Churubusco. Este paréntesis, también aparente, es para señalar posibles paralelismos entre La Güera y Ana Cecilia Olvera, doña Ceci: uno de los personajes centrales de las historias que engloba Todo es personal y muy probablemente el único que no tiene nada que ocultar al no tener ya nada que perder: su hija, la creativa y entusiasta María de los Ángeles Olvera Montes fue UNA VÍCTIMA MÁS DE FEMINICIDIO, con diecisiete años de edad. Los feminicidios son también un tema que forma parte de las recurrencias temáticas literarias, o pre-ocupaciones existenciales de Malú Huacuja del Toro desde la publicación, en el ya lejano 2006, de La lágrima, la gota y el artificio. En este sentido, el capítulo VII de Todo es personal retrata el drama vivido por doña Ceci, un personaje que resurge de sus cenizas y transforma las vidas de quienes conocen y conocemos su historia. Es el VII un capítulo “fuerte”, estrujante y revelador.

En ocasiones, la propuesta narrativa de Malú ha sido calificada de negativa, cruda y hasta perturbadora. No nos mintamos: retratar la realidad, como lo hace Malú, sí llega a ser sumamente perturbador, pero no tiene nada de negatividad y sí algo de crudeza cuando el asunto así lo requiere. Desde Al final del patriarcado, por no mencionar a Rencor tatuado, Malú ha apostado por la esperanza… esperanza de transformación, de que las cosas cambien para bien y que no cerremos los ojos a la realidad circundante. Dicha transformación no es algo sencillo, pero sí posible: de eso se percata Daniela Ruiz, luego de establecer contacto con doña Ceci. El cambio es posible y hay que tenerlo como nuestra única esperanza. No es posible que sucumbamos frente al oropel que idealiza la figura de los narcotraficantes, de los políticos, de la corrupción imperante en nuestro entorno. Este 8 de marzo, desde la realidad que nos lleva a ver Todo es personal, actuemos desde doña Ceci y desde María de los Ángeles Olvera Montes para volver posible que #NiUnaMás.

*Texto leído accidentadamente el 8 de marzo de 2023, en la presentación de la novela Todo es personal, de Malú Huacuja del Toro (Malpaso, 2021), como parte del programa Pasión por la Lectura del Tec de Monterrey.

Wednesday, March 22, 2023

No todo lo que brilla es oro

 

Desde hace días circula, vía la BUAP y Ediciones del Lirio, el libro Relatos recobrados de Elena Garro, integrado por tres textos y dividido de la siguiente manera: Presentación, Nota del editor, Prólogo, Reproducción de los originales y las Transcripciones de estos. Los siguientes comentarios se centran en la Nota del editor, el Prólogo y las Transcripciones de los textos; no tanto “en lo que dicen” sino en lo que debieron decir y no expresan.

Por inicio, el título Relatos recobrados indica la publicación de textos inéditos, ante lo cual conviene preguntar: qué tipo de textos son, conjeturar porqué podrían haber permanecido inéditos hasta ahora y, ya que están publicados, porqué son precisamente estos los textos publicados y no otros. En otras palabras: es necesario explicitar cuál es el criterio editorial para presentar estos textos (caso de haberlo)… y los que faltan, porque son varios, según da a saber la prologuista y según anuncia una festiva y apresurada nota publicada en El País, a la que aludiré nuevamente más adelante. Lo anterior debió haber sido precisado en la Nota del editor, pero no es así y solamente se repiten lugares comunes como: el desconocimiento de la fecha de composición de los textos y que pertenecen al legendario archivo de Princeton. El orden en que son presentados quedó al arbitrio de la prologuista y se anuncia que se reproducen los originales con sus respectivas transcripciones. Este punto también lo tomaré posteriormente.

Por su parte, el Prólogo, escrito por Olivia Teroba, está dividido en doce apartados, de los cuales, los seis primeros bordean algunos aspectos biográficos y literarios relacionados con Elena Garro que, por un lado, ofrecen la biografía lectora de Teroba con respecto a Garro y, por otra parte, evidencian una falta de sistematización de sus lecturas, necesaria para proponer posibles “salidas” a las preguntas que plantea en el apartado siete. Al momento de buscar información acerca de Teroba, se encuentra uno con datos generales y no se halla entre estos algo que permita avalar que era la persona más idónea para realizar el Prólogo. Si de “cuota de género” se trataba, se pudo haber recurrido a Lucía Melgar, Liliana Pedroza o incluso a la divulgadora literaria Irene Rodrigo. Los trabajos de las dos primeras han permitido precisar datos y han contribuido a la sistematización de la obra de Garro.

El apartado 8 del Prólogo se refiere al primer texto presentado: “Nunca mates a nadie, siempre hay dos ojos que te ven”, el cual parafrasea y del que no explica porqué lo ubica en primer término (tampoco lo hace con ninguno de los otros dos textos incluidos aquí) y lo relaciona de pasada con Los recuerdos del porvenir, a partir de una cena sui generis que se lleva a cabo en la residencia de Rosalía y Rafael (Rosalía, no Raquel, como la nombran en la nota publicada en El País), la pareja protagonista cuya relación y características individuales tienen más puntos en común con dos obras de teatro de Garro que con Los recuerdos del porvenir: La señora en su balcón y su antecedente Andarse por las ramas.

En el apartado 9, Teroba menciona que “el cuento ‘Martín’, sin duda fue escrito como parte del volumen Andamos huyendo, Lola y después descartado” y, líneas más adelante, comenta que “una de las enmiendas que más llama la atención es el cambio del nombre de la protagonista de Leli a Rosa”. En el primer caso, el asunto no se resuelve tan fácilmente con decir “después descartado”. Cierto que en el mecanuscrito se tacha “Andamos huyendo Lola” y debajo de este título se lee “Martín” y sólo en esta página, de las 11 que integran el texto, se cambia el nombre de Leli por Rosa. El resto se debe al arbitrio del editor. La base de Teroba para considerarlo parte de Andamos huyendo Lola, además de la tachadura, es el nombre de los gatos: Petrouschka y Lola. “Martín” es un relato que sólo al principio muestra ciertos paralelismos con algunos de los textos que componen Andamos huyendo Lola, sobre todo en cuanto a la atmósfera se refiere; sin embargo, los nombres de varios de los personajes del relato (Leli, Eva y Estelita), refieren concretamente a los personajes de la serie de cinco cuentos de La semana de colores (seis en la segunda edición), donde no sólo los nombres, sino la atmósfera y la trama de la historia cuentan con más paralelismos con “Martín” que con los textos de Andamos huyendo Lola. Asimismo, la inclusión posterior de “Nuestras vidas son los ríos…” en la segunda edición de este volumen de cuentos permite subrayar una mayor intratextualidad entre el texto aquí presentado y la mencionada serie de La semana de colores.

Finalmente, en el apartado 10, Teroba parte del título del texto, “Mariana”, para proponer que “es un borrador inicial o un capítulo descartado de la novela polifónica Testimonios sobre Mariana”; posteriormente señala que “aunque este episodio nos permite conocer más sobre Mariana y su hija, un motivo para descartarlo pudo ser su punto de vista, que es la subjetividad del librero” y finaliza observando que “a diferencia de la novela, aquí el nombre de la hija, en vez de Natalia, es Delfina, que de hecho es el segundo nombre de Elena Garro”. El primer señalamiento es importante, pero Teroba sólo lo menciona de pasada. El status de “borrador” podría resultar más adecuado que lo de “capítulo descartado”: la novela cuenta con tres grandes apartados, tres testimonios (por ende, subjetivos), cuya respectiva subjetividad es la que permite tener un mejor retrato de Mariana. Ninguno de ellos es tan breve como este posible “capítulo descartado” o probable génesis de la novela: no sería el único caso en la obra de Garro donde un cuento, “Inés”, se convierte en una novela, Inés. También habría que destacar su estado incompleto (como también puede ser incompleto el texto “Martín”), pero ni el editor ni la prologuista comentan estas particularidades. Por su parte, el cambio de nombre de la hija de Mariana (Delfina por Natalia) no es la única peculiaridad de este posible “borrador inicial”. En el texto aquí presentado, Delfina (nombre que, para sí, detestaba Elena Garro) es una niña, a diferencia de Natalia en la novela, que es una jovencita, a menudo considerada como “la doble” de Mariana.

En cuanto a la reproducción y transcripción de los textos recobrados, la principal pregunta es: ¿Qué intención tiene presentar los textos originales y después realizar su transcripción? Esto sería de suma utilidad para obras ya publicadas de Elena Garro, como cualquiera de las que se han mencionado previamente ¿Por qué, mejor, no realizar un trabajo de edición adecuado y con mucho, mucho cuidado? Dado el descuido con que fue llevada a cabo dicha transcripción, la reproducción de los originales contaría con esta única utilidad, puesto que no hay transcripción que no tenga errores varios, siendo “Katrin y María” el que más problemas presenta, al omitirse diversas líneas del original en siete ocasiones, afectando así la comprensión del texto, cuya lectura ya resulta complicada al haber sido impresos los textos en un color de papel poco adecuado.

En suma, se trata de una publicación desafortunada. Relatos recobrados de Elena Garro no es la edición que ningún autor merezca, mucho menos Elena Garro. No todo lo que brilla es oro y el camino hacia el infierno está cubierto de buenas intenciones...

Elena Garro: Relatos recobrados de Elena Garro, México, Ediciones del Lirio, 2023.

Saturday, March 18, 2023

Aviso

 Las entradas actuales del blog serán eliminadas al perder secuencia e interés en seguir escribiéndolas. Ocuparé el espacio en compartir impresiones y reflexiones literarias. La historia acerca del diagnóstico, la hospitalización y la recuperación de lo del VIH (sombrita), quedan guardadas en mi archivo personal, con la intención de retrabajarlas, ahora sí, literariamente y quizás compartirlas en ese formato... o quizás no.

Sunday, May 15, 2022

Esto no es literatura Cap. IV La punción

 

El miércoles fue el día de la punción lumbar. Ya me habían dicho que era algo doloroso. Juan, mi vecino de cama de enfrente, me dijo que a él no habían podido hacérsela al principio, porque el dolor había sido tan fuerte que ni con la anestesia se pudo realizar. Posteriormente se la hicieron por el tórax. El objetivo de este tipo de intervención consiste en extraer líquido cefalorraquídeo. Este líquido se localiza tanto en el cerebro como en la médula espinal y su función es ayudar a proteger el sistema nervioso, al ser una especie de amortiguador para impactos repentinos y evita lesiones en el cerebro y en la médula espinal. Vamos, que es muy importante y en el caso de quienes tenemos VIH en un grado tan avanzado como el mío, es importante revisarlo, para descartar posibles daños cerebrales. Si se encontrara algo sospechoso en el líquido, el siguiente paso sería una tomografía…

Además de la extracción de sangre, de orinar y, en ocasiones, defecar, la punción es la única intervención que se lleva a cabo en el cuarto. Hay que recordar que el miércoles yo estaba un tanto desvelado, por aquello de la llegada del compañero al lado de mi cama. Todavía era muy temprano cuando volteé a verlo y vi que estaba despierto y con su dedo índice bordeando el marco de la ventana que nos separaba. Me pareció buena idea saludarlo con la mano. Me di cuenta de que no me miraba y eso mismo me dijo Juan: “Parece que no te ve.” Le hablé por uno de sus dos nombres y tampoco parecía oír. A la hora de la visita estuvo con él una señora, quizás su mamá, que se la pasó llorando mientras le hablaba al oído. Volviendo con la punción, por fortuna, no tenía nada que ver con la alimentación y pude desayunar en paz. Eso sí, con el aviso de que en cualquier rato “me picarían”. Duraría algo así como hora y media. Para eso, tendría que estar recostado de lado y en posición fetal durante todo ese tiempo. Nada grave, tomando en cuenta que tiempo atrás habré estado alrededor de nueve meses así. Así fue como se lo dije a los dos médicos, él y ella, que extrajeron el líquido.

Además de lo anterior, el otro punto es que nadie podía entrar ni salir del cuarto mientras se estuviera realizando la punción. En lo que llegaban, me puse a leer un poco de los Cuentos completos de Elena Garro, que Agustín me había llevado. Me preguntaba si quería algo más, pero mejor quise vagar por terrenos conocidos y no ver algo nuevo, para luego no relacionarlo con la estancia en el hospital. Aún no sabíamos cuánto tiempo me quedaría ni si habría algo por qué preocuparse, o no. Un rato después llegaron la casi doctora Emily y su compañero, cuyo nombre ya no recuerdo. Él sería quien me haría la punción. Me explicaron cómo colocarme y cómo sostener las piernas con los brazos. Pero perdí la práctica de cuando estuve en el vientre materno y tuvieron que explicarme bien cómo hacerlo. Me anestesiaron un poco, pasó algo de tiempo y me dijeron que procederían con la extracción del líquido cefalorraquídeo. Que debía sentir la aguja, pero sin dolor. Primer intento: la aguja no entró bien. Segundo intento: la aguja ya entró bien, pero a la velocidad que estaba goteando el líquido, nos tardaríamos casi el doble de tiempo. Sí, el líquido sale a gotitas…

Los dos primeros intentos los hizo el médico. El tercero lo hizo Emily, quien le dijo incluso cómo tenía que pararse y qué aspectos tomar en cuenta para que todo saliera de lo mejor. Estoy seguro de que, con el tiempo, Emily será una excelente médica. Es muy sencilla, amable, atenta y… acertada. Por fin el piquete funcionó. Les sorprendió un poco que no me doliera ninguno de los tres piquetes. Sí: mi “umbral del dolor” (físico) es muy amplio. Les comenté que los perforadores que me han puesto algunos piercings también se sorprenden de eso. También les conté la anécdota de la uña desprendida y la ausencia total de dolor en esa ocasión. Hablamos del problema que podrían representar los tatuajes hechos sobre la columna vertebral, pues pueden dar lecturas erróneas del líquido.

Así estuvimos esa hora y media o poco más. A ratos platicábamos, a ratos estábamos en silencio. Yo aprovechaba los silencios para pedirle a la corte celestial que me ayudara. Mis mayores preocupaciones consistían en que el virus, el bichito, hubiera dañado algo de la vista (ya descartado para entonces) y del cerebro. Pensé en eso del bichito: si ya vamos a estar juntos por el resto de mi vida, y tal vez un poco más, no era correcto hablar del virus, del bichito. Fue entonces que pensé en llamarlo Sombrita but “We’re not gonna talk about Sombrita”, al menos, no por ahora.

El objetivo era extraer líquido para tener muestras en cinco tubitos. Se logró el cometido. Les pedí a los médicos que me enseñaran lo extraído. Parecía agua. Agustín ya había llegado para entonces y les comenté a los tres que qué curioso, que había pensado que el líquido sería de algún color. Los tres intercambiaron miradas de pánico y dijeron que no, que si hubiera salido con alguna coloración, sería motivo de preocupación. De mucha preocupación. Pero no fue el caso. Se retiraron, no sin antes decirme que procurara no pararme de la cama en unas dos horas. Ya era hora de la comida. Comí y platiqué con Agustín.

Más tarde tuve oportunidad de conversar con Juan. Intercambiamos opiniones respecto a la punción lumbar. En lo que platicábamos, mi compañero de al lado empezó a ponerse mal. Comenzó a convulsionarse de todo el cuerpo. Como ya había pasado el tiempo, me levanté de la cama y vi que estaba con los ojos en blanco, babeando y con algo como espuma blanca. Juan les llamó a los médicos, quienes llegaron atenderlo. No reaccionaba. La solución fue sedarlo. El doctor de la tarde-noche me dijo que no habían hallado nada grave en el líquido, en una primera revisión, pero que tendrían que enviarlo a patología, para descartar cualquier cosa. No hacía falta tomografía. Me sentí aliviado y entonces pensé en cómo decirles a mis padres que había salido vih+ y que mi estado ameritaba mucho cuidado, porque al haber desarrollado el sarcoma de Kaposi mi categoría era SIDA.

Esa noche fue un tanto agitada otra vez, debido a mi compañero de al lado. Llevaron varios aparatos para revisarlo y las caras de los médicos y las enfermeras no eran nada alentadoras. Comenzaron a hablar de meningitis y de posible daño cerebral, por eso de las convulsiones. Juan y el señor Manuel sí dormían…

Friday, May 6, 2022

Esto no es literatura. Cap. 3 Un día ocupado

 

El martes estuvo “algo” ocupado. A lo largo de ese día me tomaron otras seis muestras de sangre, me hicieron una prueba de penicilina, biopsia del sarcoma de Kaposi expuesto y una endoscopía.

Muy temprano llegó una enfermera y me dijo: “Voy a sacarle sangre para algunas muestras. Présteme su bracito”. Al ver los seis tubos, puse cara de “Adelante” y le dije: “Usted no me engaña: es empleada de Drácula y le lleva su colación antes de que duerma.” Me pidió que no la hiciera reír; estaba tomando las muestras. Sacaron mucha sangre. La necesaria.

Luego me hicieron la prueba de penicilina. Una vez, en secundaria, el médico me recetó penicilina. Poco después de tomar mi dosis, casi me asfixiaba, como si alguien me apretara el cuello. Sentía que se me salían los ojos, que me lloraban. Me costaba respirar. Quise decirle algo a “El Patas”, mi compañero de al lado, quien sólo se reía. Desde entonces, adiós a las penicilinas. La primera prueba salió negativa. Me encomendé con Alexander Fleming. Era martes. Le supliqué a Santa Marta. La segunda prueba también salió negativa. Ya no era necesaria la tercera. A veces pasa. Esa alergia “se va” con el tiempo.

Luego me avisaron que había espacio (y tiempo) con el endoscopista. Debería olvidarme de comer. Iban a sedarme para la intervención, que sería en la tarde. Agustín debería estar en la clínica todo ese tiempo. Es parte del protocolo: si hay sedación de por medio, la persona responsable del(a) paciente debe estar en la clínica. En el inter fueron a sacar una biopsia del sarcoma, punto de interés de casi todos los médicos y médicas que me han visto. Al ser tumores, podrían ser cancerosos. La mayoría de los estudios iban enfocados a ver qué onda con los sarcomas. Un poco de anestesia local. Pusieron algo parecido a un popote o un sacabocados sobre el sarcoma, lo movieron un poco y con unas pincitas recogieron la muestra. Dos puntadas sobre la herida y listo.

Durante la mañana y parte de la tarde estuve viendo a mis dos compañeros de cuarto. El señor Manuel se la vivía durmiendo y tirando cosas de la cama o del buró. No intentaba siquiera platicar. Juan estaba muy mal. Todo el día tuvo vómito y la mirada perdida. Achacaban eso a la mal lograda punción lumbar del día anterior. Urgía que se estabilizara para que comenzara su tratamiento. También urgía que dejara la cama lo más pronto posible: en ocho días se vencía su seguro social e Infectología no podría seguir haciéndose cargo de él. Había dos opciones: la Clínica Condesa y Hospital Siglo XXI. Su madre lo visitaba casi todos los días y pude ver que eran creyentes católicos, por la estampita colocada en la lámpara encima de su cabeza.

Me puse a mirar el techo, la habitación y lo que mi vista alcanzaba de Circuito Interior. Fueron varios médicos a platicar conmigo y aproveché para preguntarles qué era lo que se usaba más en el ambiente médico, si “endoscopia” o “endoscopía”, si “colonoscopia” o “colonoscopía”… No habían pensado al respecto y empezamos una conversación que terminó con la consulta del Diccionario (sic) de la RAE. Les hablé también del Diccionario del español de México, proyecto del Colmox, dirigido por Luis Fernando Lara, con quien me encantaba platicar acerca de Roland Barthes, ya fuera en el microbús o en los pasillos del alma mater.

Como es usual, la intervención fue más tarde de lo anunciado. El paciente debía ser trasladado en silla de ruedas y con una sábana cubriéndole las piernas. Así me llevaron a endoscopía. Amablemente me explicaron el proceso. No supe de mí durante un buen rato, hasta que me despertaron para ensillarme y llevarme al cuarto. Ya tenía hambre. Terminé mi merienda y comí lo que había guardado de la comida no comida.

Pasaron los médicos de guardia del turno nocturno. Parte del ritual era que los residentes recitaran, con el mismo nervio con que en primaria recitaba yo ya fuera “La cabra” o aquello de “Música porque sí, música vana…”, datos médicos de cada encamado, aunque sin tanto feeling. Les comenté que había tenido la endoscopía. No estaban enterados. Se preguntaron entre ellos si no habrían encontrado no-sé-qué. No estaban enterados. Voltearon a verme con cara de “dinos tú algo” y “algo” fue lo que dije: “A mí no me pregunten. Tampoco sé nada. Estaba dormido.” Rieron un poco y después se retiraron. Posteriormente me enteré que la endoscopía había revelado que sí tenía sarcoma en el esófago.

Le había pedido a Agustín que me llevara mi antifaz de Betterware y unos tapones para los oídos. “Uno propone, Dios dispone, viene el diablo y todo lo descompone…” Cerca de las 2 de la mañana llevaron un cuarto ocupante al cuarto. Lo desvistieron ahí mismo y el chico iba bastante mal. Le hablaban por su nombre y le preguntaban sus apellidos. Él contestaba algo muy distinto: “Pajaritos”, “Hamburguesa”… cosas así. Todavía estaba “consciente” y contestaba. Le pusieron suero y había mucha agitación entre el personal de guardia. El chico comenzó a no hacer caso. Después de casi dos horas, lo dejaron conectado a varios aparatos. Esa historia apenas empezaba. El chico podría haber llegado directo al hospital, procedente de alguna fiesta. Al día siguiente me harían la punción lumbar.

Thursday, April 28, 2022

No podía saberse Cap.3 Numeralia

 

Lo que preocupó primero al psicólogo de la clínica Condesa, luego a Agustín, después a las amables médicas de la misma clínica, posteriormente al médico de La Raza y, finalmente al personal de Infectología de ahí mismo fue el detalle de los análisis que me entregaron el 9 de marzo. Muy particularmente, el conteo de la carga viral de VIH y de los CD4. Puesto así, como me sucedió en un principio, esto no dice nada, pero hay que ver…

Los CD4 son linfocitos, es decir, glóbulos blancos que, es sabido, evitan infecciones y son muy, muy importantes para el sistema inmunitario. Una persona “normal” (lo que sea que eso signifique) debería tener entre 500 y 1200 de CD4; una persona “anormal” (ídem), entre 250 y 500; un segundo tipo de “anormalidad” (¡!) refleja que quien tenga 200 o menos tiene SIDA y puede contraer “infecciones oportunistas” muy, muy fácilmente. Restablecer un nivel aceptable puede llevar meses… o años. Entre menor sea el número, más grave resulta el caso.

La carga viral es un cuantificador de la infección por virus. Cada virus va a tener diversas medidas. No es lo mismo medir el virus de COVID que el de VIH. En este caso, se mide el VIH-1. Aquí se considera que una carga viral de 500 o menos es baja y que una superior a 40,000 es alta. Para obtener un número lo más cercano a 0, o incluso el mismo 0, deben de pasar meses y tal vez años. Resulta fundamental el Antirretroviral (ARV). Entre mayor sea el número, más grave resulta el caso.

Los CD4 y la carga viral de VIH sirven para diagnosticar la gravedad del caso de alguien que sea portador(a) de VIH.

Aquí reitero mi tranquilidad al no haber buscado nada en internet, hasta no haber hablado con quienes sí sabían del asunto (como el psicólogo, como las médicas, como Agustín, como en Infectología) pues, de haberlo sabido, sí me pongo mal de los nervios. Al llegar a La Raza, mi carga viral andaba en casi 700,000 (equivalente al 71% de “capacidad”. Recuérdese lo de arriba. Entre más alta la carga, peor el caso) y los CD4 en 47 (equivalente al 2% de capacidad. Recuérdese lo de más arriba. Entre más baja la carga, peor el caso). Un poco más y el virus derrota a los CD4. Vamos: álvaro era candidato muy cotizado para estar, en este 2022, en la ofrenda de muertos que pone mi hermano Iván cada año.

Desde que estuve en La Raza, he estado tomando antibiótico y seguiré haciéndolo, por lo menos, hasta fin de año. Tiene una finalidad preventiva: si llegara a entrar algún virus, bacteria o similares, el antibiótico le ayudará a mi débil sistema inmune a eliminarlo. Es probable que, si todo marcha bien, lleguemos a 100 CD4 para fin de año. Como ya mencioné, la carga viral sólo baja con el ARV y también es un proceso lento.

El ARV y revisiones periódicas de los niveles de CD4 y de carga viral son tres de los elementos que se incorporan a mi vida desde que nos hicimos conscientes de la presencia del virus en mi cuerpo. De aquí a fin de año, por lo menos, mi vida social tendrá que ser lo más restringida posible. Del virus, que lleva por nombre Sombrita, porque así se llama, hablaré en otro momento.

Nota: estos datos, que arrojaría cualquier búsqueda en internet, me los proporcionaron, también, médicas y médicos en La Raza. Si hay alguna corrección o precisión al respecto, bienvenida.

Wednesday, April 20, 2022

Esto no es literatura, Cap. 2

 

El siguiente pensamiento que llegó a mi mente cuando me dijeron que me quedaba en Infectología de La Raza se centró en las tres gatitas mixcoaqueñas. ¿Quién las atendería? Porque para esto, dijo el médico: “Incapacidad por 28 días”. Lo de la comida de Devaki, Lelinka y Chía podía encargarse Agustín. Lo que no está en su hit es limpiar la arena. Después pensé ya no en la pertinencia, sino en la necesidad de decirles a mis padres cómo estaba el asunto. Mientras llegaba Agustín y me tomaban signos vitales, me desvestía, para ponerme la batita verde agua que sería mi indumentaria durante mi estancia en Infectología. Una vez que llegó Agustín, tuvo que volver a salir, porque pedían artículos de higiene personal como cepillo y pasta dental, jabón, crema y unas chanclas. Tiempo después, en Xola, vería que ahí incluso tienen una tienda donde venden estos productos. Además, tenía que embolsar mi ropa. Todo lo que entra a Infectología, ahí se queda, por aquello de que pudiera estar contaminado de lo que fuera.

Nos hicieron esperar un rato, porque en la habitación 1x4, con vista a Circuito Interior, en la que estaría, hacían una punción lumbar. También me hicieron mi primera prueba COVID en la vida: Negativa. Primera vez que algo negativo me llenó de alegría. Estaba seguro de no haberlo tenido durante la pandemia. En las condiciones de ese momento, creo que, si me hubiera contagiado de COVID, no estaría escribiendo esto.

Cuando pudimos pasar a la habitación, me senté en la cama 121, donde intentaría dormir varias noches. Llegó la doctora Emily, quien nos explicó algunas generalidades, tanto de lo que me harían durante la estancia en Infectología, como del funcionamiento de la Clínica. Poco después llevaron la comida. Hay que decir que, al menos ahí, lo de la comida escasa o de mala calidad, no aplica. Todo limpio, bien preparado y en cantidades suficientes… para los estómagos comunes. Siempre me quedaba con apetito. Lo comenté con la Dra. Alba, quien se encargó de pedir que me dieran dos colaciones: en la tarde y en la noche. También se presentó Marco, Marquito, y dijo que sería mi enfermero ese turno. Posteriormente llegaría Rosi. Muy alegre ella y en el rollo de la meditación y tal. En este aspecto, no llegué al punto que pensaba mi amigo César (“Conociéndote, ya has de ser amigo de todas las enfermeras de ahí”), pero salvo dos excepciones, que comentaré en su debido momento, el personal es muy atento y educado.

La cama a mi izquierda estuvo desocupada ese lunes y en las dos de enfrente estaban el señor José Manuel y Juan, justo enfrente de mí. Ambos se veían mal. El señor tenía un aspecto más cadavérico que el mío, con varios mechones de pelo por aquí y por allá en su cabeza, y Juan, que era a quien intentaron hacerle la punción. Ese día lo vi muy mal: mirada perdida, vómitos continuos y una gran debilidad. Apenas si podía mantenerse en pie. Era urgente que se detuviera lo del vómito, porque él ya iba a empezar con su tratamiento antirretroviral.

En la tarde y casi sin decir “Agua va”, me dijeron que iríamos a Oftalmología. Les dije que me iba caminando, pero dijeron que de ninguna manera: el protocolo indica que debía ser transportado en silla de ruedas y así fue. En el camino, nos cruzamos con un gatito negro que cruzaba de derecha a izquierda. Llegamos al edificio donde está el departamento en cuestión y me dijo el camillero que volvería en… “¿En cuánto tiempo”, me preguntó y le dije que yo no sabía, que mejor les preguntara a los médicos, quienes le dijeron, con toda tranquilidad: “En dos horas o poco más.” Mientras me atendían, me puse a curiosear: el espacio era muy reducido y luego, del lugar donde estaban los aparatos, salía gente a la que no había visto entrar. El espacio en que estaba yo era muy reducido, con varios pacientes ahí también y tuve que ayudar a un hombre que no podía contener el vómito.

Luego de un rato me pasaron a los aparatos. Ahí pude ver unos letreros que decían “Estamos trabajando bajo protesta” o algo así. Si de por sí el IMSS, “gracias” a la burocracia que ahí impera, siempre ha tenido problemas, en esta administración federal el asunto se ha puesto peor. Primera prueba, superada. Nada en vista normal, pero tendrían que dilatarme la pupila, algo de lo que mucha gente se queja, pero que a mí me divierte. En lo que comenzaba a hacer efecto el dilatador, me puse como Snoopy la noche que temía ser atacado por Segunda Guerra Mundial, el gato de sus vecinos. Esto es, a jugar al semáforo: abría un ojo y cerraba el otro. Viceversa. Ahí sí se observó algún daño mínimo “que desaparecerá con el tratamiento antirretroviral. Ahora tienes que ir al oftalmólogo al menos una vez al año, para que revise que todo esté bien con tus ojitos.” Salí de ahí aliviado: uno de mis temores era que el bichito hubiera afectado la vista.

Llegué a tiempo a mi habitación, para engullir la cena, pues ya iban a llevarse la charola. Aunque expliqué lo que había pasado, tuvo que intervenir el enfermero que atendía a don José Manuel, para decirles que, en efecto, había estado en pruebas. Comí rápido, para llamarle a mi papá. Estábamos platicando cuando llega Rosi: “¿Dónde andabas? Ya casi te quedabas sin comer…” Le hice señas de que estaba al tel. Acorté la llamada con mi papá, pues le estaba haciendo creer que llamaba desde mi casa.

Pasado el rato, nos dispusimos a dormir, pero ya se sabe: “Uno propone, Dios dispone y viene el diablo y todo lo descompone...” Como me daría cuenta con el transcurso de las noches, la quietud y el silencio de enfermeras y enfermeros comenzaba como a las 2 am, para reiniciar como a las 6 am. En el inter: conversaciones, gritos, carcajadas, silbidos y hasta una “porra” escuchamos esa noche. De ahí que decidiera pedirle a Agustín que me llevara un antifaz y tapones para los oídos. No, no había manera de quejarse, porque iba a estar ahí por un tiempo, hasta ese momento, indeterminado y no quería tener problemas…

La doble vida de Santiago Parral

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