El martes estuvo “algo”
ocupado. A lo largo de ese día me tomaron otras seis muestras de sangre, me
hicieron una prueba de penicilina, biopsia del sarcoma de Kaposi expuesto y una
endoscopía.
Muy temprano
llegó una enfermera y me dijo: “Voy a sacarle sangre para algunas muestras.
Présteme su bracito”. Al ver los seis tubos, puse cara de “Adelante” y le dije:
“Usted no me engaña: es empleada de Drácula y le lleva su colación antes de que
duerma.” Me pidió que no la hiciera reír; estaba tomando las muestras. Sacaron
mucha sangre. La necesaria.
Luego me hicieron
la prueba de penicilina. Una vez, en secundaria, el médico me recetó penicilina.
Poco después de tomar mi dosis, casi me asfixiaba, como si alguien me apretara el cuello. Sentía
que se me salían los ojos, que me lloraban. Me costaba respirar. Quise decirle
algo a “El Patas”, mi compañero de al lado, quien sólo se reía. Desde entonces,
adiós a las penicilinas. La primera prueba salió negativa. Me encomendé con
Alexander Fleming. Era martes. Le supliqué a Santa Marta. La segunda prueba
también salió negativa. Ya no era necesaria la tercera. A veces pasa. Esa
alergia “se va” con el tiempo.
Luego me avisaron
que había espacio (y tiempo) con el endoscopista. Debería olvidarme de comer. Iban
a sedarme para la intervención, que sería en la tarde. Agustín debería estar en
la clínica todo ese tiempo. Es parte del protocolo: si hay sedación de por
medio, la persona responsable del(a) paciente debe estar en la clínica. En el
inter fueron a sacar una biopsia del sarcoma, punto de interés de casi todos
los médicos y médicas que me han visto. Al ser tumores, podrían ser cancerosos.
La mayoría de los estudios iban enfocados a ver qué onda con los sarcomas. Un poco
de anestesia local. Pusieron algo parecido a un popote o un sacabocados sobre
el sarcoma, lo movieron un poco y con unas pincitas recogieron la muestra. Dos
puntadas sobre la herida y listo.
Durante la mañana
y parte de la tarde estuve viendo a mis dos compañeros de cuarto. El señor Manuel
se la vivía durmiendo y tirando cosas de la cama o del buró. No intentaba siquiera
platicar. Juan estaba muy mal. Todo el día tuvo vómito y la mirada
perdida. Achacaban eso a la mal lograda punción lumbar del día anterior. Urgía
que se estabilizara para que comenzara su tratamiento. También urgía que dejara
la cama lo más pronto posible: en ocho días se vencía su seguro social e
Infectología no podría seguir haciéndose cargo de él. Había dos opciones: la Clínica
Condesa y Hospital Siglo XXI. Su madre lo visitaba casi todos los días y pude
ver que eran creyentes católicos, por la estampita colocada en la lámpara encima
de su cabeza.
Me puse a mirar
el techo, la habitación y lo que mi vista alcanzaba de Circuito Interior.
Fueron varios médicos a platicar conmigo y aproveché para preguntarles qué era
lo que se usaba más en el ambiente médico, si “endoscopia” o “endoscopía”, si
“colonoscopia” o “colonoscopía”… No habían pensado al respecto y empezamos una
conversación que terminó con la consulta del Diccionario (sic) de la RAE. Les
hablé también del Diccionario del español de México, proyecto del Colmox, dirigido
por Luis Fernando Lara, con quien me encantaba platicar acerca de Roland
Barthes, ya fuera en el microbús o en los pasillos del alma mater.
Como es usual, la
intervención fue más tarde de lo anunciado. El paciente debía ser trasladado en
silla de ruedas y con una sábana cubriéndole las piernas. Así me llevaron a
endoscopía. Amablemente me explicaron el proceso. No supe de mí durante un buen
rato, hasta que me despertaron para ensillarme y llevarme al cuarto. Ya tenía
hambre. Terminé mi merienda y comí lo que había guardado de la comida no
comida.
Pasaron los
médicos de guardia del turno nocturno. Parte del ritual era que los residentes
recitaran, con el mismo nervio con que en primaria recitaba yo ya fuera “La
cabra” o aquello de “Música porque sí, música vana…”, datos médicos de cada
encamado, aunque sin tanto feeling. Les comenté que había tenido la endoscopía.
No estaban enterados. Se preguntaron entre ellos si no habrían encontrado
no-sé-qué. No estaban enterados. Voltearon a verme con cara de “dinos tú algo”
y “algo” fue lo que dije: “A mí no me pregunten. Tampoco sé nada. Estaba
dormido.” Rieron un poco y después se retiraron. Posteriormente me enteré que
la endoscopía había revelado que sí tenía sarcoma en el esófago.
Le había pedido a
Agustín que me llevara mi antifaz de Betterware y unos tapones para los oídos. “Uno
propone, Dios dispone, viene el diablo y todo lo descompone…” Cerca de las 2 de
la mañana llevaron un cuarto ocupante al cuarto. Lo desvistieron ahí mismo y el
chico iba bastante mal. Le hablaban por su nombre y le preguntaban sus
apellidos. Él contestaba algo muy distinto: “Pajaritos”, “Hamburguesa”… cosas
así. Todavía estaba “consciente” y contestaba. Le pusieron suero y había mucha
agitación entre el personal de guardia. El chico comenzó a no hacer caso. Después
de casi dos horas, lo dejaron conectado a varios aparatos. Esa historia apenas
empezaba. El chico podría haber llegado directo al hospital, procedente de alguna
fiesta. Al día siguiente me harían la punción lumbar.