El miércoles fue
el día de la punción lumbar. Ya me habían dicho que era algo doloroso. Juan, mi
vecino de cama de enfrente, me dijo que a él no habían podido hacérsela al
principio, porque el dolor había sido tan fuerte que ni con la anestesia se
pudo realizar. Posteriormente se la hicieron por el tórax. El objetivo de este
tipo de intervención consiste en extraer líquido cefalorraquídeo. Este líquido
se localiza tanto en el cerebro como en la médula espinal y su función es
ayudar a proteger el sistema nervioso, al ser una especie de amortiguador para
impactos repentinos y evita lesiones en el cerebro y en la médula espinal.
Vamos, que es muy importante y en el caso de quienes tenemos VIH en un grado
tan avanzado como el mío, es importante revisarlo, para descartar posibles
daños cerebrales. Si se encontrara algo sospechoso en el líquido, el siguiente
paso sería una tomografía…
Además de la extracción
de sangre, de orinar y, en ocasiones, defecar, la punción es la única intervención
que se lleva a cabo en el cuarto. Hay que recordar que el miércoles yo estaba
un tanto desvelado, por aquello de la llegada del compañero al lado de mi cama.
Todavía era muy temprano cuando volteé a verlo y vi que estaba despierto y con
su dedo índice bordeando el marco de la ventana que nos separaba. Me pareció
buena idea saludarlo con la mano. Me di cuenta de que no me miraba y eso mismo
me dijo Juan: “Parece que no te ve.” Le hablé por uno de sus dos nombres y
tampoco parecía oír. A la hora de la visita estuvo con él una señora, quizás su
mamá, que se la pasó llorando mientras le hablaba al oído. Volviendo con la
punción, por fortuna, no tenía nada que ver con la alimentación y pude
desayunar en paz. Eso sí, con el aviso de que en cualquier rato “me picarían”.
Duraría algo así como hora y media. Para eso, tendría que estar recostado de
lado y en posición fetal durante todo ese tiempo. Nada grave, tomando en cuenta
que tiempo atrás habré estado alrededor de nueve meses así. Así fue como se lo
dije a los dos médicos, él y ella, que extrajeron el líquido.
Además de lo
anterior, el otro punto es que nadie podía entrar ni salir del cuarto mientras
se estuviera realizando la punción. En lo que llegaban, me puse a leer un poco
de los Cuentos completos de Elena Garro, que Agustín me había llevado.
Me preguntaba si quería algo más, pero mejor quise vagar por terrenos conocidos
y no ver algo nuevo, para luego no relacionarlo con la estancia en el hospital.
Aún no sabíamos cuánto tiempo me quedaría ni si habría algo por qué preocuparse, o no. Un rato después llegaron la casi doctora Emily y su compañero, cuyo
nombre ya no recuerdo. Él sería quien me haría la punción. Me explicaron cómo
colocarme y cómo sostener las piernas con los brazos. Pero perdí la práctica de
cuando estuve en el vientre materno y tuvieron que explicarme bien cómo
hacerlo. Me anestesiaron un poco, pasó algo de tiempo y me dijeron que
procederían con la extracción del líquido cefalorraquídeo. Que debía sentir la
aguja, pero sin dolor. Primer intento: la aguja no entró bien. Segundo intento:
la aguja ya entró bien, pero a la velocidad que estaba goteando el líquido, nos
tardaríamos casi el doble de tiempo. Sí, el líquido sale a gotitas…
Los dos primeros
intentos los hizo el médico. El tercero lo hizo Emily, quien le dijo incluso cómo
tenía que pararse y qué aspectos tomar en cuenta para que todo saliera de lo
mejor. Estoy seguro de que, con el tiempo, Emily será una excelente médica. Es
muy sencilla, amable, atenta y… acertada. Por fin el piquete funcionó. Les
sorprendió un poco que no me doliera ninguno de los tres piquetes. Sí: mi “umbral
del dolor” (físico) es muy amplio. Les comenté que los perforadores que me han puesto
algunos piercings también se sorprenden de eso. También les conté la anécdota
de la uña desprendida y la ausencia total de dolor en esa ocasión. Hablamos del
problema que podrían representar los tatuajes hechos sobre la columna vertebral,
pues pueden dar lecturas erróneas del líquido.
Así estuvimos esa
hora y media o poco más. A ratos platicábamos, a ratos estábamos en silencio.
Yo aprovechaba los silencios para pedirle a la corte celestial que me ayudara.
Mis mayores preocupaciones consistían en que el virus, el bichito, hubiera
dañado algo de la vista (ya descartado para entonces) y del cerebro. Pensé en
eso del bichito: si ya vamos a estar juntos por el resto de mi vida, y tal vez
un poco más, no era correcto hablar del virus, del bichito. Fue entonces que
pensé en llamarlo Sombrita but “We’re not gonna talk about Sombrita”, al menos,
no por ahora.
El objetivo era
extraer líquido para tener muestras en cinco tubitos. Se logró el cometido. Les
pedí a los médicos que me enseñaran lo extraído. Parecía agua. Agustín ya había
llegado para entonces y les comenté a los tres que qué curioso, que había
pensado que el líquido sería de algún color. Los tres intercambiaron miradas de
pánico y dijeron que no, que si hubiera salido con alguna coloración, sería
motivo de preocupación. De mucha preocupación. Pero no fue el caso. Se retiraron,
no sin antes decirme que procurara no pararme de la cama en unas dos horas. Ya
era hora de la comida. Comí y platiqué con Agustín.
Más tarde tuve
oportunidad de conversar con Juan. Intercambiamos opiniones respecto a la
punción lumbar. En lo que platicábamos, mi compañero de al lado empezó a
ponerse mal. Comenzó a convulsionarse de todo el cuerpo. Como ya había pasado
el tiempo, me levanté de la cama y vi que estaba con los ojos en blanco,
babeando y con algo como espuma blanca. Juan les llamó a los médicos, quienes
llegaron atenderlo. No reaccionaba. La solución fue sedarlo. El doctor de la
tarde-noche me dijo que no habían hallado nada grave en el líquido, en una
primera revisión, pero que tendrían que enviarlo a patología, para descartar
cualquier cosa. No hacía falta tomografía. Me sentí aliviado y entonces pensé
en cómo decirles a mis padres que había salido vih+ y que mi estado ameritaba
mucho cuidado, porque al haber desarrollado el sarcoma de Kaposi mi categoría era
SIDA.
Esa noche fue un
tanto agitada otra vez, debido a mi compañero de al lado. Llevaron varios aparatos
para revisarlo y las caras de los médicos y las enfermeras no eran nada alentadoras.
Comenzaron a hablar de meningitis y de posible daño cerebral, por eso de las
convulsiones. Juan y el señor Manuel sí dormían…