Algunas personas
con quienes he platicado me dicen que cómo es posible que no notara nada con
respecto a mi estado, ese mismo estado que cuando me paro a contemplarlo “y a
ver los pasos por donde he venido, me espanto de que un hombre tan perdido, a
conocer su error haya llegado.” Cito de memoria, que conste. Esto, la
enfermedad, que anduvo intermitente a lo largo de 2021, se agudizó en noviembre
pero...
Antes, muy antes,
tenía la sana costumbre de realizarme la prueba de VIH cada año. Por si sí o
por si no. Prefiero la dureza y el rigor de una respuesta positiva a la
incertidumbre de preguntarme: “¿Traeré algo o no?” Pero junto con la vida
sexual, el interés por hacerme la prueba fue menguando, como menguaría mi
energía desde noviembre, cuando todo me daba flojera, andaba de mal humor y muy
poco o nada tolerante… tanto que yo mismo me preguntaba qué pasaba y todo se lo
atribuía al estrés. Claro: no soy yo, es lo demás. Siempre es más fácil, ¿no?
Ante la
imposibilidad de localizar a Brambila, mi gastroenterólogo de confianza, y ante
un episodio de crisis, fui a un hospital cercano, donde me atendió una
gastroenteróloga que parecía lista para irse al antro: taco-naaatzo de 10
centímetros, pantalones similares a unos leggins, blusita floreada y entallada,
y quien nunca dejó de verme, con la cabeza inclinada y por encima del aro de
sus lentes. Luego de media hora de espera, para que la médica llegara partiendo
plaza (me citó a las 4:00 y la profesional llegó a las 4:37), con su pelo bien
planchadito y sus uñas perfectamente manicuradas, pasamos al consultorio y
empezó a hablar en diminutivo, como es la costumbre, supongo, en el ámbito
médico: “Levanta tus bracitos”, “¿Algún dolor en el estomaguito?”, “¿Estás
haciendo bien tus comiditas?”. El colmo fue cuando salió con “y le voy a pedir
también exámenes de popocita”. Su tratamiento no funcionó.
Ante un episodio
de colitis mucho más fuerte que los anteriores, fui con el doctor Mijares, mi
segundo gastro de confianza y quien, lamentablemente, ya dio el viejazo: tres o
cuatro veces durante la consulta me preguntó si había tenido fiebres o no. Como siempre, con esa mirada tranquilizadora que lo caracteriza. Llegué con temblores en las piernas, deshidratado y cuánto más. Que por qué
quería yo bajar de peso, me preguntó dos veces luego de que le dije que había
estado con una nutrióloga, antes de la pandemia. Que le mandara mi peso por
Whats. “Pero si ahí tiene la báscula”, me dijo su recepcionista. Lo peor estaba
por venir: no acepta pagos con tarjeta, sólo en efectivo y en la clínica donde
atiende, no hay cajero automático. Tuve que caminar unas tres cuadras para
poder sacar dinero del cajero. Un mes después, la recepcionista del doctor me
dijo: “Ay, sí. Venías tan mal la vez pasada. Debió costarte mucho trabajo
llegar al cajero.” Claro, tan mal que no mostró ningún rasgo de humanidad de
decir, al menos, “Te acompaño al cajero”. La supuesta colitis iba y venía. Al
mes, y ya en 2022, el doctor me dijo que me veía en febrero, pero que era yo
quien tenía que desterrar esa colitis. Pese a que encargó análisis, lo único
que salió en claro de ahí es que yo ya andaba con anemia. Era muy bajo el nivel
de hemoglobina. Para febrero debía ya haber subido de peso (como si fuera tan
fácil) y empezaríamos con un tratamiento de vitaminas. Ya no volví con él,
porque tuve la fortuna de localizar a Brambila…
Tan amable como
siempre, esta vez el tratamiento de Brambila no fue muy acertado. Las
evacuaciones iban en aumento, tanto de cantidad como de intensidad, como me
sucedió la madrugada de lunes a martes, luego de haber ido a mi primera cita
con Felipe, el psiquiatra, y ya a finales de febrero. La madrugada del martes
tuve que pararme varias veces de la cama, como ya era casi habitual y, para
coronar el asunto, tuve un episodio que, por fortuna, me tomó en mi
departamento y no en el coche de mi amiga Clau o, peor aún, en el trabajo. En
cualquiera de los dos casos me hubiera muerto de la vergüenza. Ese mismo martes,
fui con Brambila en la tarde, con el estudio de colonoscopía que me había hecho
algunos años atrás. Le brillaron los ojos y me dijo que ahí estaba la clave.
Que mi colitis era ulcerosa y faltaba atender la úlcera. A tomar pentasa. Ya
estábamos por terminar febrero. El episodio de ese martes sí me hizo pensar que
nunca de los nunca vencería a la colitis y que tal vez me muriera de eso.
“¿Habrá algún cáncer, algún tumor?”, pensé.
También en
diciembre fui con un otorrino, para ver lo de una llaguita debajo de la lengua
que no se quería ir. Me dio cierto tratamiento que me arregló el lío en unos
tres o cuatro días y hasta me controló la supuesta colitis. Ese mismo mes noté
que la caída de pelo seguía y que en el lado derecho del pecho se estaba
formando como una ampollita indolora, similar a dos que traía en los brazos,
pero éstas de color púrpura, y a otra por la mandíbula del lado izquierdo y a
otra traía entre la nuca y la base del cuello, que me hacía pensar en un
implante realizado por extraterrestres, aun y cuando eso ya no esté de moda.
“Tengo que ir con la dermatóloga, pero creo que urge más el psiquiatra.”
La inapetencia y
la flojera también estaban bárbaras. Fui perdiendo el sentido del gusto o lo
perdía luego de dos o tres bocados. Ya luego me di cuenta de que si luego de
esos bocados comía algo distinto, sentía el nuevo sabor… y así comía,
combinando, pero lo hacía siempre con el temor de tener que pararme de la mesa
para ir al baño. Eso hizo que comiera cada vez menos… y que me costara trabajo
estar de pie… y que al subir con Clau las escaleras del estacionamiento para
llegar a la oficina, terminara casi jadeando, pero yo lo atribuía a la anemia y
a la falta de ejercicio durante los últimos meses.
La irrupción de
Felipe, el psiquiatra, fue prácticamente providencial. De no ser por él, quizás
ahora mismo no estaría escribiendo esto…