El siguiente
pensamiento que llegó a mi mente cuando me dijeron que me quedaba en
Infectología de La Raza se centró en las tres gatitas mixcoaqueñas. ¿Quién las
atendería? Porque para esto, dijo el médico: “Incapacidad por 28 días”. Lo de
la comida de Devaki, Lelinka y Chía podía encargarse Agustín. Lo que no está en su hit es limpiar la
arena. Después pensé ya no en la pertinencia, sino en la necesidad de decirles
a mis padres cómo estaba el asunto. Mientras llegaba Agustín y me tomaban
signos vitales, me desvestía, para ponerme la batita verde agua que sería mi indumentaria
durante mi estancia en Infectología. Una vez que llegó Agustín, tuvo que volver
a salir, porque pedían artículos de higiene personal como cepillo y pasta
dental, jabón, crema y unas chanclas. Tiempo después, en Xola, vería que ahí
incluso tienen una tienda donde venden estos productos. Además, tenía que
embolsar mi ropa. Todo lo que entra a Infectología, ahí se queda, por aquello
de que pudiera estar contaminado de lo que fuera.
Nos hicieron
esperar un rato, porque en la habitación 1x4, con vista a Circuito Interior, en
la que estaría, hacían una punción lumbar. También me hicieron mi primera
prueba COVID en la vida: Negativa. Primera vez que algo negativo me llenó de
alegría. Estaba seguro de no haberlo tenido durante la pandemia. En las
condiciones de ese momento, creo que, si me hubiera contagiado de COVID, no
estaría escribiendo esto.
Cuando pudimos
pasar a la habitación, me senté en la cama 121, donde intentaría dormir varias
noches. Llegó la doctora Emily, quien nos explicó algunas generalidades, tanto
de lo que me harían durante la estancia en Infectología, como del
funcionamiento de la Clínica. Poco después llevaron la comida. Hay que decir
que, al menos ahí, lo de la comida escasa o de mala calidad, no aplica. Todo
limpio, bien preparado y en cantidades suficientes… para los estómagos comunes.
Siempre me quedaba con apetito. Lo comenté con la Dra. Alba, quien se encargó
de pedir que me dieran dos colaciones: en la tarde y en la noche. También se
presentó Marco, Marquito, y dijo que sería mi enfermero ese turno.
Posteriormente llegaría Rosi. Muy alegre ella y en el rollo de la meditación y
tal. En este aspecto, no llegué al punto que pensaba mi amigo César
(“Conociéndote, ya has de ser amigo de todas las enfermeras de ahí”), pero
salvo dos excepciones, que comentaré en su debido momento, el personal es muy
atento y educado.
La cama a mi
izquierda estuvo desocupada ese lunes y en las dos de enfrente estaban el señor
José Manuel y Juan, justo enfrente de mí. Ambos se veían mal. El señor tenía un
aspecto más cadavérico que el mío, con varios mechones de pelo por aquí y por
allá en su cabeza, y Juan, que era a quien intentaron hacerle la punción. Ese
día lo vi muy mal: mirada perdida, vómitos continuos y una gran debilidad.
Apenas si podía mantenerse en pie. Era urgente que se detuviera lo del vómito,
porque él ya iba a empezar con su tratamiento antirretroviral.
En la tarde y
casi sin decir “Agua va”, me dijeron que iríamos a Oftalmología. Les dije que
me iba caminando, pero dijeron que de ninguna manera: el protocolo indica que
debía ser transportado en silla de ruedas y así fue. En el camino, nos cruzamos
con un gatito negro que cruzaba de derecha a izquierda. Llegamos al edificio
donde está el departamento en cuestión y me dijo el camillero que volvería en…
“¿En cuánto tiempo”, me preguntó y le dije que yo no sabía, que mejor les
preguntara a los médicos, quienes le dijeron, con toda tranquilidad: “En dos
horas o poco más.” Mientras me atendían, me puse a curiosear: el espacio era
muy reducido y luego, del lugar donde estaban los aparatos, salía gente a la
que no había visto entrar. El espacio en que estaba yo era muy reducido, con
varios pacientes ahí también y tuve que ayudar a un hombre que no podía
contener el vómito.
Luego de un rato
me pasaron a los aparatos. Ahí pude ver unos letreros que decían “Estamos
trabajando bajo protesta” o algo así. Si de por sí el IMSS, “gracias” a la
burocracia que ahí impera, siempre ha tenido problemas, en esta administración
federal el asunto se ha puesto peor. Primera prueba, superada. Nada en vista
normal, pero tendrían que dilatarme la pupila, algo de lo que mucha gente se queja,
pero que a mí me divierte. En lo que comenzaba a hacer efecto el dilatador, me
puse como Snoopy la noche que temía ser atacado por Segunda Guerra Mundial, el
gato de sus vecinos. Esto es, a jugar al semáforo: abría un ojo y cerraba el
otro. Viceversa. Ahí sí se observó algún daño mínimo “que desaparecerá con el
tratamiento antirretroviral. Ahora tienes que ir al oftalmólogo al menos una
vez al año, para que revise que todo esté bien con tus ojitos.” Salí de ahí
aliviado: uno de mis temores era que el bichito hubiera afectado la vista.
Llegué a tiempo a
mi habitación, para engullir la cena, pues ya iban a llevarse la charola.
Aunque expliqué lo que había pasado, tuvo que intervenir el enfermero que
atendía a don José Manuel, para decirles que, en efecto, había estado en
pruebas. Comí rápido, para llamarle a mi papá. Estábamos platicando cuando
llega Rosi: “¿Dónde andabas? Ya casi te quedabas sin comer…” Le hice señas de
que estaba al tel. Acorté la llamada con mi papá, pues le estaba haciendo creer
que llamaba desde mi casa.
Pasado el rato,
nos dispusimos a dormir, pero ya se sabe: “Uno propone, Dios dispone y viene el
diablo y todo lo descompone...” Como me daría cuenta con el transcurso de las
noches, la quietud y el silencio de enfermeras y enfermeros comenzaba como a
las 2 am, para reiniciar como a las 6 am. En el inter: conversaciones, gritos,
carcajadas, silbidos y hasta una “porra” escuchamos esa noche. De ahí que
decidiera pedirle a Agustín que me llevara un antifaz y tapones para los oídos.
No, no había manera de quejarse, porque iba a estar ahí por un tiempo, hasta
ese momento, indeterminado y no quería tener problemas…