Wednesday, April 20, 2022

Esto no es literatura, Cap. 2

 

El siguiente pensamiento que llegó a mi mente cuando me dijeron que me quedaba en Infectología de La Raza se centró en las tres gatitas mixcoaqueñas. ¿Quién las atendería? Porque para esto, dijo el médico: “Incapacidad por 28 días”. Lo de la comida de Devaki, Lelinka y Chía podía encargarse Agustín. Lo que no está en su hit es limpiar la arena. Después pensé ya no en la pertinencia, sino en la necesidad de decirles a mis padres cómo estaba el asunto. Mientras llegaba Agustín y me tomaban signos vitales, me desvestía, para ponerme la batita verde agua que sería mi indumentaria durante mi estancia en Infectología. Una vez que llegó Agustín, tuvo que volver a salir, porque pedían artículos de higiene personal como cepillo y pasta dental, jabón, crema y unas chanclas. Tiempo después, en Xola, vería que ahí incluso tienen una tienda donde venden estos productos. Además, tenía que embolsar mi ropa. Todo lo que entra a Infectología, ahí se queda, por aquello de que pudiera estar contaminado de lo que fuera.

Nos hicieron esperar un rato, porque en la habitación 1x4, con vista a Circuito Interior, en la que estaría, hacían una punción lumbar. También me hicieron mi primera prueba COVID en la vida: Negativa. Primera vez que algo negativo me llenó de alegría. Estaba seguro de no haberlo tenido durante la pandemia. En las condiciones de ese momento, creo que, si me hubiera contagiado de COVID, no estaría escribiendo esto.

Cuando pudimos pasar a la habitación, me senté en la cama 121, donde intentaría dormir varias noches. Llegó la doctora Emily, quien nos explicó algunas generalidades, tanto de lo que me harían durante la estancia en Infectología, como del funcionamiento de la Clínica. Poco después llevaron la comida. Hay que decir que, al menos ahí, lo de la comida escasa o de mala calidad, no aplica. Todo limpio, bien preparado y en cantidades suficientes… para los estómagos comunes. Siempre me quedaba con apetito. Lo comenté con la Dra. Alba, quien se encargó de pedir que me dieran dos colaciones: en la tarde y en la noche. También se presentó Marco, Marquito, y dijo que sería mi enfermero ese turno. Posteriormente llegaría Rosi. Muy alegre ella y en el rollo de la meditación y tal. En este aspecto, no llegué al punto que pensaba mi amigo César (“Conociéndote, ya has de ser amigo de todas las enfermeras de ahí”), pero salvo dos excepciones, que comentaré en su debido momento, el personal es muy atento y educado.

La cama a mi izquierda estuvo desocupada ese lunes y en las dos de enfrente estaban el señor José Manuel y Juan, justo enfrente de mí. Ambos se veían mal. El señor tenía un aspecto más cadavérico que el mío, con varios mechones de pelo por aquí y por allá en su cabeza, y Juan, que era a quien intentaron hacerle la punción. Ese día lo vi muy mal: mirada perdida, vómitos continuos y una gran debilidad. Apenas si podía mantenerse en pie. Era urgente que se detuviera lo del vómito, porque él ya iba a empezar con su tratamiento antirretroviral.

En la tarde y casi sin decir “Agua va”, me dijeron que iríamos a Oftalmología. Les dije que me iba caminando, pero dijeron que de ninguna manera: el protocolo indica que debía ser transportado en silla de ruedas y así fue. En el camino, nos cruzamos con un gatito negro que cruzaba de derecha a izquierda. Llegamos al edificio donde está el departamento en cuestión y me dijo el camillero que volvería en… “¿En cuánto tiempo”, me preguntó y le dije que yo no sabía, que mejor les preguntara a los médicos, quienes le dijeron, con toda tranquilidad: “En dos horas o poco más.” Mientras me atendían, me puse a curiosear: el espacio era muy reducido y luego, del lugar donde estaban los aparatos, salía gente a la que no había visto entrar. El espacio en que estaba yo era muy reducido, con varios pacientes ahí también y tuve que ayudar a un hombre que no podía contener el vómito.

Luego de un rato me pasaron a los aparatos. Ahí pude ver unos letreros que decían “Estamos trabajando bajo protesta” o algo así. Si de por sí el IMSS, “gracias” a la burocracia que ahí impera, siempre ha tenido problemas, en esta administración federal el asunto se ha puesto peor. Primera prueba, superada. Nada en vista normal, pero tendrían que dilatarme la pupila, algo de lo que mucha gente se queja, pero que a mí me divierte. En lo que comenzaba a hacer efecto el dilatador, me puse como Snoopy la noche que temía ser atacado por Segunda Guerra Mundial, el gato de sus vecinos. Esto es, a jugar al semáforo: abría un ojo y cerraba el otro. Viceversa. Ahí sí se observó algún daño mínimo “que desaparecerá con el tratamiento antirretroviral. Ahora tienes que ir al oftalmólogo al menos una vez al año, para que revise que todo esté bien con tus ojitos.” Salí de ahí aliviado: uno de mis temores era que el bichito hubiera afectado la vista.

Llegué a tiempo a mi habitación, para engullir la cena, pues ya iban a llevarse la charola. Aunque expliqué lo que había pasado, tuvo que intervenir el enfermero que atendía a don José Manuel, para decirles que, en efecto, había estado en pruebas. Comí rápido, para llamarle a mi papá. Estábamos platicando cuando llega Rosi: “¿Dónde andabas? Ya casi te quedabas sin comer…” Le hice señas de que estaba al tel. Acorté la llamada con mi papá, pues le estaba haciendo creer que llamaba desde mi casa.

Pasado el rato, nos dispusimos a dormir, pero ya se sabe: “Uno propone, Dios dispone y viene el diablo y todo lo descompone...” Como me daría cuenta con el transcurso de las noches, la quietud y el silencio de enfermeras y enfermeros comenzaba como a las 2 am, para reiniciar como a las 6 am. En el inter: conversaciones, gritos, carcajadas, silbidos y hasta una “porra” escuchamos esa noche. De ahí que decidiera pedirle a Agustín que me llevara un antifaz y tapones para los oídos. No, no había manera de quejarse, porque iba a estar ahí por un tiempo, hasta ese momento, indeterminado y no quería tener problemas…

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