Thursday, April 28, 2022

No podía saberse Cap.3 Numeralia

 

Lo que preocupó primero al psicólogo de la clínica Condesa, luego a Agustín, después a las amables médicas de la misma clínica, posteriormente al médico de La Raza y, finalmente al personal de Infectología de ahí mismo fue el detalle de los análisis que me entregaron el 9 de marzo. Muy particularmente, el conteo de la carga viral de VIH y de los CD4. Puesto así, como me sucedió en un principio, esto no dice nada, pero hay que ver…

Los CD4 son linfocitos, es decir, glóbulos blancos que, es sabido, evitan infecciones y son muy, muy importantes para el sistema inmunitario. Una persona “normal” (lo que sea que eso signifique) debería tener entre 500 y 1200 de CD4; una persona “anormal” (ídem), entre 250 y 500; un segundo tipo de “anormalidad” (¡!) refleja que quien tenga 200 o menos tiene SIDA y puede contraer “infecciones oportunistas” muy, muy fácilmente. Restablecer un nivel aceptable puede llevar meses… o años. Entre menor sea el número, más grave resulta el caso.

La carga viral es un cuantificador de la infección por virus. Cada virus va a tener diversas medidas. No es lo mismo medir el virus de COVID que el de VIH. En este caso, se mide el VIH-1. Aquí se considera que una carga viral de 500 o menos es baja y que una superior a 40,000 es alta. Para obtener un número lo más cercano a 0, o incluso el mismo 0, deben de pasar meses y tal vez años. Resulta fundamental el Antirretroviral (ARV). Entre mayor sea el número, más grave resulta el caso.

Los CD4 y la carga viral de VIH sirven para diagnosticar la gravedad del caso de alguien que sea portador(a) de VIH.

Aquí reitero mi tranquilidad al no haber buscado nada en internet, hasta no haber hablado con quienes sí sabían del asunto (como el psicólogo, como las médicas, como Agustín, como en Infectología) pues, de haberlo sabido, sí me pongo mal de los nervios. Al llegar a La Raza, mi carga viral andaba en casi 700,000 (equivalente al 71% de “capacidad”. Recuérdese lo de arriba. Entre más alta la carga, peor el caso) y los CD4 en 47 (equivalente al 2% de capacidad. Recuérdese lo de más arriba. Entre más baja la carga, peor el caso). Un poco más y el virus derrota a los CD4. Vamos: álvaro era candidato muy cotizado para estar, en este 2022, en la ofrenda de muertos que pone mi hermano Iván cada año.

Desde que estuve en La Raza, he estado tomando antibiótico y seguiré haciéndolo, por lo menos, hasta fin de año. Tiene una finalidad preventiva: si llegara a entrar algún virus, bacteria o similares, el antibiótico le ayudará a mi débil sistema inmune a eliminarlo. Es probable que, si todo marcha bien, lleguemos a 100 CD4 para fin de año. Como ya mencioné, la carga viral sólo baja con el ARV y también es un proceso lento.

El ARV y revisiones periódicas de los niveles de CD4 y de carga viral son tres de los elementos que se incorporan a mi vida desde que nos hicimos conscientes de la presencia del virus en mi cuerpo. De aquí a fin de año, por lo menos, mi vida social tendrá que ser lo más restringida posible. Del virus, que lleva por nombre Sombrita, porque así se llama, hablaré en otro momento.

Nota: estos datos, que arrojaría cualquier búsqueda en internet, me los proporcionaron, también, médicas y médicos en La Raza. Si hay alguna corrección o precisión al respecto, bienvenida.

Wednesday, April 20, 2022

Esto no es literatura, Cap. 2

 

El siguiente pensamiento que llegó a mi mente cuando me dijeron que me quedaba en Infectología de La Raza se centró en las tres gatitas mixcoaqueñas. ¿Quién las atendería? Porque para esto, dijo el médico: “Incapacidad por 28 días”. Lo de la comida de Devaki, Lelinka y Chía podía encargarse Agustín. Lo que no está en su hit es limpiar la arena. Después pensé ya no en la pertinencia, sino en la necesidad de decirles a mis padres cómo estaba el asunto. Mientras llegaba Agustín y me tomaban signos vitales, me desvestía, para ponerme la batita verde agua que sería mi indumentaria durante mi estancia en Infectología. Una vez que llegó Agustín, tuvo que volver a salir, porque pedían artículos de higiene personal como cepillo y pasta dental, jabón, crema y unas chanclas. Tiempo después, en Xola, vería que ahí incluso tienen una tienda donde venden estos productos. Además, tenía que embolsar mi ropa. Todo lo que entra a Infectología, ahí se queda, por aquello de que pudiera estar contaminado de lo que fuera.

Nos hicieron esperar un rato, porque en la habitación 1x4, con vista a Circuito Interior, en la que estaría, hacían una punción lumbar. También me hicieron mi primera prueba COVID en la vida: Negativa. Primera vez que algo negativo me llenó de alegría. Estaba seguro de no haberlo tenido durante la pandemia. En las condiciones de ese momento, creo que, si me hubiera contagiado de COVID, no estaría escribiendo esto.

Cuando pudimos pasar a la habitación, me senté en la cama 121, donde intentaría dormir varias noches. Llegó la doctora Emily, quien nos explicó algunas generalidades, tanto de lo que me harían durante la estancia en Infectología, como del funcionamiento de la Clínica. Poco después llevaron la comida. Hay que decir que, al menos ahí, lo de la comida escasa o de mala calidad, no aplica. Todo limpio, bien preparado y en cantidades suficientes… para los estómagos comunes. Siempre me quedaba con apetito. Lo comenté con la Dra. Alba, quien se encargó de pedir que me dieran dos colaciones: en la tarde y en la noche. También se presentó Marco, Marquito, y dijo que sería mi enfermero ese turno. Posteriormente llegaría Rosi. Muy alegre ella y en el rollo de la meditación y tal. En este aspecto, no llegué al punto que pensaba mi amigo César (“Conociéndote, ya has de ser amigo de todas las enfermeras de ahí”), pero salvo dos excepciones, que comentaré en su debido momento, el personal es muy atento y educado.

La cama a mi izquierda estuvo desocupada ese lunes y en las dos de enfrente estaban el señor José Manuel y Juan, justo enfrente de mí. Ambos se veían mal. El señor tenía un aspecto más cadavérico que el mío, con varios mechones de pelo por aquí y por allá en su cabeza, y Juan, que era a quien intentaron hacerle la punción. Ese día lo vi muy mal: mirada perdida, vómitos continuos y una gran debilidad. Apenas si podía mantenerse en pie. Era urgente que se detuviera lo del vómito, porque él ya iba a empezar con su tratamiento antirretroviral.

En la tarde y casi sin decir “Agua va”, me dijeron que iríamos a Oftalmología. Les dije que me iba caminando, pero dijeron que de ninguna manera: el protocolo indica que debía ser transportado en silla de ruedas y así fue. En el camino, nos cruzamos con un gatito negro que cruzaba de derecha a izquierda. Llegamos al edificio donde está el departamento en cuestión y me dijo el camillero que volvería en… “¿En cuánto tiempo”, me preguntó y le dije que yo no sabía, que mejor les preguntara a los médicos, quienes le dijeron, con toda tranquilidad: “En dos horas o poco más.” Mientras me atendían, me puse a curiosear: el espacio era muy reducido y luego, del lugar donde estaban los aparatos, salía gente a la que no había visto entrar. El espacio en que estaba yo era muy reducido, con varios pacientes ahí también y tuve que ayudar a un hombre que no podía contener el vómito.

Luego de un rato me pasaron a los aparatos. Ahí pude ver unos letreros que decían “Estamos trabajando bajo protesta” o algo así. Si de por sí el IMSS, “gracias” a la burocracia que ahí impera, siempre ha tenido problemas, en esta administración federal el asunto se ha puesto peor. Primera prueba, superada. Nada en vista normal, pero tendrían que dilatarme la pupila, algo de lo que mucha gente se queja, pero que a mí me divierte. En lo que comenzaba a hacer efecto el dilatador, me puse como Snoopy la noche que temía ser atacado por Segunda Guerra Mundial, el gato de sus vecinos. Esto es, a jugar al semáforo: abría un ojo y cerraba el otro. Viceversa. Ahí sí se observó algún daño mínimo “que desaparecerá con el tratamiento antirretroviral. Ahora tienes que ir al oftalmólogo al menos una vez al año, para que revise que todo esté bien con tus ojitos.” Salí de ahí aliviado: uno de mis temores era que el bichito hubiera afectado la vista.

Llegué a tiempo a mi habitación, para engullir la cena, pues ya iban a llevarse la charola. Aunque expliqué lo que había pasado, tuvo que intervenir el enfermero que atendía a don José Manuel, para decirles que, en efecto, había estado en pruebas. Comí rápido, para llamarle a mi papá. Estábamos platicando cuando llega Rosi: “¿Dónde andabas? Ya casi te quedabas sin comer…” Le hice señas de que estaba al tel. Acorté la llamada con mi papá, pues le estaba haciendo creer que llamaba desde mi casa.

Pasado el rato, nos dispusimos a dormir, pero ya se sabe: “Uno propone, Dios dispone y viene el diablo y todo lo descompone...” Como me daría cuenta con el transcurso de las noches, la quietud y el silencio de enfermeras y enfermeros comenzaba como a las 2 am, para reiniciar como a las 6 am. En el inter: conversaciones, gritos, carcajadas, silbidos y hasta una “porra” escuchamos esa noche. De ahí que decidiera pedirle a Agustín que me llevara un antifaz y tapones para los oídos. No, no había manera de quejarse, porque iba a estar ahí por un tiempo, hasta ese momento, indeterminado y no quería tener problemas…

Monday, April 11, 2022

No podía saberse Cap. 2 ¿Decir o no decir?



“¿Decir o no decir?” That is the question e, independientemente de la respuesta, ¿cómo y a quién? La pregunta no es retórica ni nada sencilla de responder.

El 26 de febrero fui a los análisis que me había pedido el psiquiatra, porque los necesitábamos para mi consulta de dos horas. Ese mismo sábado, me llegaron los resultados, por correo y en la tarde, menos el VIH y el VDRL. De inmediato pensé que algo había pasado con cualquiera de los dos. El lunes me llaman como al mediodía, de los laboratorios, que querían los datos de mi psiquiatra. Se los pasé. Hablaron con él, quien los mandó por un tubo: “Denle a él los resultados, ¿yo qué tengo que ver?” Semanas después, bromearíamos los dos: “¿Estamos en los cincuenta o qué?”

Los del laboratorio me explicaron que una de sus políticas era que cuando había “situaciones peculiares” con algún resultado, primero buscaban contactar con el médico en cuestión y que ya luego él atendiera a su paciente. Si no hubiera médico personal, el laboratorio me asignaba uno. Como no les funcionó con mi psiquiatra, no les quedaba otra que hablar conmigo. Sí, había salido positivo en VIH y me quedé como si nada y todo lo demás. El balón estaba de mi lado: ¿a quiénes les diría y con qué criterio? O mejor no digo nada, a nadie, lo guardo como mi secreto más preciado y listo. Revelarlo hasta el momento de mi muerte. Nadie se muere de eso…

Decir o no decir, no era lo verdaderamente importante, sino algo secundario. Importantísimo, vital, en ese momento era: ¿Qué hay que hacer? Me acordé de Jorge y decidí comentarle, por Whats, de lo que acababa de enterarme. La única persona en común que tenemos Jorge y yo está excluida de nuestra lista de contactos desde hace años… También pensé en Agustín y en mi hermano Iván. Pero al primero me gustaría decirle personalmente y a Iván… ¿sería conveniente? Me comuniqué con Jorge. Con lo seco que podemos llegar a ser los dos, nos pareció que lo que procedía era ir a la Clínica Condesa. La segunda persona a quien se lo dije fue a Iván. De rápido y con la sensación de haberle dejado una papa caliente en las manos. Después vino el episodio con Paty. A ella, lo más que pude comunicarle fue que había salido positivo en el VIH. El mini shock lingüístico me duró algo de tiempo después de que nos despedimos. Cero y van tres. La cuarta persona fue Héctor, mi psicoanalista. Sabía que él me ayudaría a armar el rompecabezas (literal) que tenía en mi cabeza. Así le fui comunicando a varias personas, lo que dio lugar a dos observaciones de mi parte, basadas en que una “confesión” de este tipo no deja de ser impactante, aun en pleno siglo XXI.

Como buena parte de mis familiares, amistades y conocidos, pertenezco a la generación que vio surgir el VIH y el SIDA, principalmente mediante los medios de comunicación. En mi caso, no fue sino hasta 2008 que alguien de mi círculo cercano contrajo VIH. En ese momento tuve oportunidad de darme cuenta de que mi información acerca del VIH y el SIDA era prácticamente nula y que en esa ignorancia se basaba mi alarma ente la situación de mi amistad cercana. No tenía idea de cuánto había avanzado la ciencia. Por ejemplo: de no haber no cura, a llegar al control sobre la enfermedad, a partir de la ingesta de antirretrovirales (ARV). Cierto que “antes” algunos conocidos tenían que tomar incluso 12 pastillitas varias durante el día, con efectos colaterales fuertes. Aunque uno estaba enterado, no hablaba del tema por pudor… o por ese estigma aún presente en 2022. Pero la novedad, después, fue que ya se había reducido la ingesta de ARV a 1 o 2. Siguiendo las indicaciones de la toma del medicamento, la expectativa de vida saludable se ha extendido tanto, tanto que es más fácil que, en la actualidad, muera uno de alguna cosa muy diferente al SIDA. De aquí la frase “Nadie se muere de VIH”. Salvo los casos sin detectar y sumamente avanzados, como sucedió conmigo, no deberíamos preocuparnos cuando alguien dice que porta el VIH. Al menos, no preocuparnos de otra cosa que esa persona comience con su tratamiento de ARV lo más pronto posible. Tampoco estaría de más actualizarnos de vez en cuando no sólo en cuanto al VIH y el SIDA, sino en lo referente a otros temas de los que hace años no nos informamos.

Pasando nuevamente al “Decir o no decir”, me percaté de que, “bajita la mano”, la información había empezado a circular entre varias personas. No me molestó. Luego de sopesarlo, decidí que hablaría abiertamente del tema con quien fuera necesario. Esto implicaba, para mí, dedicarme a buscar información médica autorizada y evitar lo más posible lo de internet o recurrir a fuentes verificadas. No sólo dedicarme a mi caso, sino aprovechar para informarme. El punto más crítico era avisarles a mis padres, quienes, por edad y circunstancias, están completamente ajenos a situaciones como por la que atravieso. Fue complicado, pero no imposible. No darles información de mi estado era para mí un sinónimo no sólo de ocultarles información, sino incluso, de mentirles. No puedo con eso. Hablé con ellos por separado y telefónicamente. Claro que se preocuparon, pero no tanto, gracias a la información previa que les había soltado a cuentagotas durante una especie de primera sesión. Ambos lo tomaron “bien” porque, como a todos los padres, lo que les preocupa es el bienestar y la tranquilidad de sus retoños. Como no hay novedades “fuertes”, desde ese día casi no hablamos del VIH en sí, pero sí de los engorrosos trámites ante el IMSS, por poner un ejemplo. Llegado el momento, platicaremos de los avances que llevemos en lo referente al tratamiento. Esos avances serán muy lentos, tanto que pasarán desapercibidos.

Lo que me llevó a decidir hablar abiertamente del asunto fue pensar que “ya no estamos en los 80”, cuando la información que recibíamos, insisto, principalmente por los medios de comunicación masiva (radio, prensa y tele, como era común entonces… y el cine, con películas como Philadelphia, Les nuits fauves o incluso con cintas como The Adventures of Priscilla, Queen of the Desert), se centraba en el estigma social de que eran víctimas portadoras y portadores… y en relacionarlos con la homosexualidad. No sólo en relacionarlos, sino prácticamente en restringir la problemática a la comunidad LGBT (como era conocida entonces). Si partimos del hecho de que “ya nadie se muere de eso”, podemos relacionar el VIH y el SIDA con enfermedades como la diabetes (un amigo psicólogo me dijo años atrás: “Álvaro, el VIH es la diabetes del siglo XXI.”) o incluso algunos tipos de cáncer. Si no “se curan” al menos se controlan al punto que ofrecen condiciones de vida dignas.

Sin caer en la minimización, hay que recordar que, en el caso del VIH, las personas sanas “sólo” tendrían la preocupación de que alguien que portara el virus no se lo transmitiera. Las personas portadoras debemos preocuparnos, entre asuntos varios, de no agravar el problema con una cepa distinta de la que portamos, de no dejar de seguir el tratamiento al pie de la letra y revisarnos periódicamente mediante análisis clínicos, así como de vigilar nuestra salud física, emocional y mental. Nadie aparta de su vida y sus circunstancias a alguien enfermo de cáncer, de hipertensión o de diabetes. Todo lo contrario. Lo mismo debería suceder con quienes viven y conviven con el VIH o con el SIDA.


Tuesday, April 5, 2022

No podía saberse (?) Cap. 1

 

Algunas personas con quienes he platicado me dicen que cómo es posible que no notara nada con respecto a mi estado, ese mismo estado que cuando me paro a contemplarlo “y a ver los pasos por donde he venido, me espanto de que un hombre tan perdido, a conocer su error haya llegado.” Cito de memoria, que conste. Esto, la enfermedad, que anduvo intermitente a lo largo de 2021, se agudizó en noviembre pero...

Antes, muy antes, tenía la sana costumbre de realizarme la prueba de VIH cada año. Por si sí o por si no. Prefiero la dureza y el rigor de una respuesta positiva a la incertidumbre de preguntarme: “¿Traeré algo o no?” Pero junto con la vida sexual, el interés por hacerme la prueba fue menguando, como menguaría mi energía desde noviembre, cuando todo me daba flojera, andaba de mal humor y muy poco o nada tolerante… tanto que yo mismo me preguntaba qué pasaba y todo se lo atribuía al estrés. Claro: no soy yo, es lo demás. Siempre es más fácil, ¿no?

Ante la imposibilidad de localizar a Brambila, mi gastroenterólogo de confianza, y ante un episodio de crisis, fui a un hospital cercano, donde me atendió una gastroenteróloga que parecía lista para irse al antro: taco-naaatzo de 10 centímetros, pantalones similares a unos leggins, blusita floreada y entallada, y quien nunca dejó de verme, con la cabeza inclinada y por encima del aro de sus lentes. Luego de media hora de espera, para que la médica llegara partiendo plaza (me citó a las 4:00 y la profesional llegó a las 4:37), con su pelo bien planchadito y sus uñas perfectamente manicuradas, pasamos al consultorio y empezó a hablar en diminutivo, como es la costumbre, supongo, en el ámbito médico: “Levanta tus bracitos”, “¿Algún dolor en el estomaguito?”, “¿Estás haciendo bien tus comiditas?”. El colmo fue cuando salió con “y le voy a pedir también exámenes de popocita”. Su tratamiento no funcionó.

Ante un episodio de colitis mucho más fuerte que los anteriores, fui con el doctor Mijares, mi segundo gastro de confianza y quien, lamentablemente, ya dio el viejazo: tres o cuatro veces durante la consulta me preguntó si había tenido fiebres o no. Como siempre, con esa mirada tranquilizadora que lo caracteriza. Llegué con temblores en las piernas, deshidratado y cuánto más. Que por qué quería yo bajar de peso, me preguntó dos veces luego de que le dije que había estado con una nutrióloga, antes de la pandemia. Que le mandara mi peso por Whats. “Pero si ahí tiene la báscula”, me dijo su recepcionista. Lo peor estaba por venir: no acepta pagos con tarjeta, sólo en efectivo y en la clínica donde atiende, no hay cajero automático. Tuve que caminar unas tres cuadras para poder sacar dinero del cajero. Un mes después, la recepcionista del doctor me dijo: “Ay, sí. Venías tan mal la vez pasada. Debió costarte mucho trabajo llegar al cajero.” Claro, tan mal que no mostró ningún rasgo de humanidad de decir, al menos, “Te acompaño al cajero”. La supuesta colitis iba y venía. Al mes, y ya en 2022, el doctor me dijo que me veía en febrero, pero que era yo quien tenía que desterrar esa colitis. Pese a que encargó análisis, lo único que salió en claro de ahí es que yo ya andaba con anemia. Era muy bajo el nivel de hemoglobina. Para febrero debía ya haber subido de peso (como si fuera tan fácil) y empezaríamos con un tratamiento de vitaminas. Ya no volví con él, porque tuve la fortuna de localizar a Brambila…

Tan amable como siempre, esta vez el tratamiento de Brambila no fue muy acertado. Las evacuaciones iban en aumento, tanto de cantidad como de intensidad, como me sucedió la madrugada de lunes a martes, luego de haber ido a mi primera cita con Felipe, el psiquiatra, y ya a finales de febrero. La madrugada del martes tuve que pararme varias veces de la cama, como ya era casi habitual y, para coronar el asunto, tuve un episodio que, por fortuna, me tomó en mi departamento y no en el coche de mi amiga Clau o, peor aún, en el trabajo. En cualquiera de los dos casos me hubiera muerto de la vergüenza. Ese mismo martes, fui con Brambila en la tarde, con el estudio de colonoscopía que me había hecho algunos años atrás. Le brillaron los ojos y me dijo que ahí estaba la clave. Que mi colitis era ulcerosa y faltaba atender la úlcera. A tomar pentasa. Ya estábamos por terminar febrero. El episodio de ese martes sí me hizo pensar que nunca de los nunca vencería a la colitis y que tal vez me muriera de eso. “¿Habrá algún cáncer, algún tumor?”, pensé.

También en diciembre fui con un otorrino, para ver lo de una llaguita debajo de la lengua que no se quería ir. Me dio cierto tratamiento que me arregló el lío en unos tres o cuatro días y hasta me controló la supuesta colitis. Ese mismo mes noté que la caída de pelo seguía y que en el lado derecho del pecho se estaba formando como una ampollita indolora, similar a dos que traía en los brazos, pero éstas de color púrpura, y a otra por la mandíbula del lado izquierdo y a otra traía entre la nuca y la base del cuello, que me hacía pensar en un implante realizado por extraterrestres, aun y cuando eso ya no esté de moda. “Tengo que ir con la dermatóloga, pero creo que urge más el psiquiatra.”

La inapetencia y la flojera también estaban bárbaras. Fui perdiendo el sentido del gusto o lo perdía luego de dos o tres bocados. Ya luego me di cuenta de que si luego de esos bocados comía algo distinto, sentía el nuevo sabor… y así comía, combinando, pero lo hacía siempre con el temor de tener que pararme de la mesa para ir al baño. Eso hizo que comiera cada vez menos… y que me costara trabajo estar de pie… y que al subir con Clau las escaleras del estacionamiento para llegar a la oficina, terminara casi jadeando, pero yo lo atribuía a la anemia y a la falta de ejercicio durante los últimos meses.

La irrupción de Felipe, el psiquiatra, fue prácticamente providencial. De no ser por él, quizás ahora mismo no estaría escribiendo esto…

Saturday, April 2, 2022

Esto no es literatura Cap. 1

Y tan “no es literatura” que ahora mismo dudo si de un escrito se convierta en otro weblog. Tal vez haya que buscar uno nuevo que no sea Delirios de diva, al que tanto cariño le tengo y donde he escrito intermitentemente a lo largo de tantos años, incluido éste. ¿Por qué la duda? Porque no será un único escrito. Será varios, todavía no sé cuántos, donde escriba mis impresiones, a partir de mi cambio de vida. Porque es esto último lo que me ha dejado pensado acerca de por qué no, en lugar de estar contándole, por separado, a mis familiares y amistades, mejor escribo y desentumo las manos y las ideas. También pienso que hay impresiones fuertes que nos dejan, profunda y transitoriamente, como las agujas de los laboratorios médicos, ciertos dejos de “voy a compartir lo que siento-pienso”. Como sea, voy a escribir esto que no es literatura. No la literatura en la que creo. No la de Sor Juana o Cervantes o la de Rulfo o Garro, por citar cuatro ejemplos. 

 El 28 de febrero de 2022, aproximadamente al mediodía, me diagnosticaron VIH positivo. Según yo, me quedé como si nada con la noticia. Fuera de pensar “De eso ya no se muere nadie”, reitero, me quedé “como si nada”. Minutos después, tuve unos 30 segundos de borrosidad visual. Me puse y me quité los lentes. Seguía viendo borroso. Sin saber exactamente para qué, el primero a quien le avisé fue a mi amigo Jorge. Me preguntó que qué haría. “Ir el miércoles a la Clínica Condesa”. Me dijo que qué bien y que lo esperara. Faltaban unos minutos para comer y acordé con Paty que nos veríamos. Ahí hubo otro episodio: le comenté lo que había sucedido. O intenté comentarle porque, más evidente que nunca, mi lengua se desconectó del cerebro: no me salían las palabras y si llegaban a hacerlo, salían cambiadas o rotas. Recuerdo la cara de Paty, sacada de onda, evidentemente nerviosa y preocupada. Ya no di mi clase de ese día, porque tardé como dos horas en recuperarme. En ese lapso, Jorge me mandó el contacto de un psicólogo de la Clínica Condesa: “Que lo busque ahí cualquier día, de 2:00 a 5:30”.

 Llegué a casa y me puse a pensar a quiénes les avisaría de mi nueva situación. A quiénes de la familia y a quiénes de las amistades. Si decía algo, o no, en el trabajo. Cosas así. Con Héctor, mi psicoanalista, había comentado, la semana anterior, que con todo y el acelere de esa semana, no había que quejarse, porque siempre podía haber cuestiones aún más catastróficas. Ese día era una prueba de ello. A su habitual pregunta de “¿Cómo estás hoy?” Contesté que impactado. Le conté lo que había pasado y lo que haría el miércoles. Al terminar la sesión, me dijo que no dudara en comunicarme en cualquier momento que lo necesitara. Dormí en paz. Lo que sí tuve claro desde un principio fue que NO buscaría nada en internet hasta que no hablara con gente profesional y conocedora del tema. 

 Entre otras cuantas personas, al día siguiente le avisé a Agustín. Desde ese momento se preocupó y esa misma tarde nos vimos, para platicar al respecto. Creo que ambos nos quedamos tranquilos, sobre todo él, que vio que yo estaba dispuesto a “tomar el toro por los cuernos”. Nomás eso nos faltaba. Al frente y adelante. Me acompañó a la Condesa al día siguiente, donde luego de esperar al psicólogo, éste me mandó al laboratorio, y ahí comenzaron las sangrías: seis tubitos en ese rato. Ya no pasó nada de importancia esa semana. Sólo me dediqué a ver que había varias señales en mi cuerpo (no, ningún estigma, lamentablemente) que ahora quedaba claro que no estaban relacionadas con la desnutrición provocada por lo que inicialmente pensamos que eran unas colitis incontrolables: la exagerada caída de cabello, las manchitas varias que había en algunas partes de mi cuerpo, la llaguita debajo de la lengua y con la que tanto batallé a finales de año, la debilidad tan fuerte que tenía, los ocasionales calambres en las manos… Todo tenía sentido ahora. 

 El miércoles 9 de marzo fui a la Condesa, ya solo. La clínica estaba medio vacía: la vida humana no sería posible, en ningún sentido, sin la presencia de las mujeres. Por probar, pedí mis resultados y no me darían nada, porque ya se habían terminado las fichas de ese día. Pasé con el psicólogo amigo de Jorge, a quien sí le compartieron los datos. Al sentarse a su escritorio y ver las hojas, levantó las cejas y dijo “Esto está altísimo” y ya dirigiéndose a mí: “Voy a ver si puede atenderte el médico ahora mismo”. Pero la clínica, como todo en la vida, necesita de las mujeres y que no, que volviera el día siguiente a las 7:30 am. 

  Así fue. Tardaron en hacerme pasar a la consulta, donde me atendieron dos médicas muy amables. Serias y comprometidas con su trabajo. La que llevaba la voz cantante, señaló desde un principio: “Esto está muy grave”. Luego de un cuestionario agotador (pensé que me pedirían la fecha de nacimiento de mi maestra Lulú, mi miss de kínder a quien le debo a Snoopy), pasaron a la revisión física y de ahí me dijeron: “Te vamos a transferir a La Raza. Vas a ir hoy mismo.” Yo con: “No: el trabajo, mi clase de hoy.” La médica: “Álvaro, no tienes idea del estado en que te encuentras. Tienes que ir hoy mismo. Si quieres, hablo con tu jefe, pero tienes que ir HOY.” Pensé que si me daba prisa, me alcanzaría a llegar allá y de ahí irme al trabajo. En La Raza no me atendieron, porque no tenía el carnet del IMSS, que tenía que sacarlo en mi clínica asignada. Ahí voy a mi clínica asignada, con una parada en casa y la zona para tomarme una foto, necesaria para el dichoso carnet. Terminé apenadísimo con mis estudiantes, porque tuve que darles una sesión mediocre y por Zoom, pero ya con el carnet en la mano. El viernes no podía ir a La Raza y me esperé hasta el lunes. Las expresiones del psicólogo de la Condesa y de las médicas de ahí, además del silencio de Agustín luego de que le mandé los datos de los análisis, me hicieron ver que sí estaba grave el asunto. 

 El lunes 14 de marzo… Me fui temprano a La Raza, en un Uber conducido por Lupita, quien no dejó de decirme “flaco” todo el tiempo. No le falta razón. Actualmente peso 63 kilos. Tengo cara de Josefina Vázquez Mota, sólo que sin bótox: yo sí gesticulo. Luego de dar vueltas en varios mostradores, me pasaron a un consultorio donde me atendieron un médico de planta y dos residentes. El de planta empezó con un cuestionario, similar al de la Condesa, por lo que les entregué lo que llevaba de ahí, análisis incluidos. El médico, al ver las hojas, puso la misma expresión que el psicólogo y las médicas de la Condesa y me dijo: “Álvaro, se va a quedar internado. No puedo dejarlo ir así. No le digo exactamente qué podría pasar, pero de milagro está usted de pie y anda caminando. ¿Viene usted solo?” Con las manos sudorosas y algo de taquicardia, le dije que iba solo, que podía salir y volver más tarde. “Necesito un familiar o alguien que se haga responsable de usted, pero ya no puedo dejarlo ir.” Le marqué a Agustín, quien contestó “Me lanzo para allá”, cuando le dije que estaba en La Raza y que iban a recluirme ahí…

La doble vida de Santiago Parral

  En esta ocasión*, Malú Huacuja del Toro vuelve a sorprendernos mediante su novela Todo es personal , bastante bien editada por la editoria...