Saturday, April 2, 2022

Esto no es literatura Cap. 1

Y tan “no es literatura” que ahora mismo dudo si de un escrito se convierta en otro weblog. Tal vez haya que buscar uno nuevo que no sea Delirios de diva, al que tanto cariño le tengo y donde he escrito intermitentemente a lo largo de tantos años, incluido éste. ¿Por qué la duda? Porque no será un único escrito. Será varios, todavía no sé cuántos, donde escriba mis impresiones, a partir de mi cambio de vida. Porque es esto último lo que me ha dejado pensado acerca de por qué no, en lugar de estar contándole, por separado, a mis familiares y amistades, mejor escribo y desentumo las manos y las ideas. También pienso que hay impresiones fuertes que nos dejan, profunda y transitoriamente, como las agujas de los laboratorios médicos, ciertos dejos de “voy a compartir lo que siento-pienso”. Como sea, voy a escribir esto que no es literatura. No la literatura en la que creo. No la de Sor Juana o Cervantes o la de Rulfo o Garro, por citar cuatro ejemplos. 

 El 28 de febrero de 2022, aproximadamente al mediodía, me diagnosticaron VIH positivo. Según yo, me quedé como si nada con la noticia. Fuera de pensar “De eso ya no se muere nadie”, reitero, me quedé “como si nada”. Minutos después, tuve unos 30 segundos de borrosidad visual. Me puse y me quité los lentes. Seguía viendo borroso. Sin saber exactamente para qué, el primero a quien le avisé fue a mi amigo Jorge. Me preguntó que qué haría. “Ir el miércoles a la Clínica Condesa”. Me dijo que qué bien y que lo esperara. Faltaban unos minutos para comer y acordé con Paty que nos veríamos. Ahí hubo otro episodio: le comenté lo que había sucedido. O intenté comentarle porque, más evidente que nunca, mi lengua se desconectó del cerebro: no me salían las palabras y si llegaban a hacerlo, salían cambiadas o rotas. Recuerdo la cara de Paty, sacada de onda, evidentemente nerviosa y preocupada. Ya no di mi clase de ese día, porque tardé como dos horas en recuperarme. En ese lapso, Jorge me mandó el contacto de un psicólogo de la Clínica Condesa: “Que lo busque ahí cualquier día, de 2:00 a 5:30”.

 Llegué a casa y me puse a pensar a quiénes les avisaría de mi nueva situación. A quiénes de la familia y a quiénes de las amistades. Si decía algo, o no, en el trabajo. Cosas así. Con Héctor, mi psicoanalista, había comentado, la semana anterior, que con todo y el acelere de esa semana, no había que quejarse, porque siempre podía haber cuestiones aún más catastróficas. Ese día era una prueba de ello. A su habitual pregunta de “¿Cómo estás hoy?” Contesté que impactado. Le conté lo que había pasado y lo que haría el miércoles. Al terminar la sesión, me dijo que no dudara en comunicarme en cualquier momento que lo necesitara. Dormí en paz. Lo que sí tuve claro desde un principio fue que NO buscaría nada en internet hasta que no hablara con gente profesional y conocedora del tema. 

 Entre otras cuantas personas, al día siguiente le avisé a Agustín. Desde ese momento se preocupó y esa misma tarde nos vimos, para platicar al respecto. Creo que ambos nos quedamos tranquilos, sobre todo él, que vio que yo estaba dispuesto a “tomar el toro por los cuernos”. Nomás eso nos faltaba. Al frente y adelante. Me acompañó a la Condesa al día siguiente, donde luego de esperar al psicólogo, éste me mandó al laboratorio, y ahí comenzaron las sangrías: seis tubitos en ese rato. Ya no pasó nada de importancia esa semana. Sólo me dediqué a ver que había varias señales en mi cuerpo (no, ningún estigma, lamentablemente) que ahora quedaba claro que no estaban relacionadas con la desnutrición provocada por lo que inicialmente pensamos que eran unas colitis incontrolables: la exagerada caída de cabello, las manchitas varias que había en algunas partes de mi cuerpo, la llaguita debajo de la lengua y con la que tanto batallé a finales de año, la debilidad tan fuerte que tenía, los ocasionales calambres en las manos… Todo tenía sentido ahora. 

 El miércoles 9 de marzo fui a la Condesa, ya solo. La clínica estaba medio vacía: la vida humana no sería posible, en ningún sentido, sin la presencia de las mujeres. Por probar, pedí mis resultados y no me darían nada, porque ya se habían terminado las fichas de ese día. Pasé con el psicólogo amigo de Jorge, a quien sí le compartieron los datos. Al sentarse a su escritorio y ver las hojas, levantó las cejas y dijo “Esto está altísimo” y ya dirigiéndose a mí: “Voy a ver si puede atenderte el médico ahora mismo”. Pero la clínica, como todo en la vida, necesita de las mujeres y que no, que volviera el día siguiente a las 7:30 am. 

  Así fue. Tardaron en hacerme pasar a la consulta, donde me atendieron dos médicas muy amables. Serias y comprometidas con su trabajo. La que llevaba la voz cantante, señaló desde un principio: “Esto está muy grave”. Luego de un cuestionario agotador (pensé que me pedirían la fecha de nacimiento de mi maestra Lulú, mi miss de kínder a quien le debo a Snoopy), pasaron a la revisión física y de ahí me dijeron: “Te vamos a transferir a La Raza. Vas a ir hoy mismo.” Yo con: “No: el trabajo, mi clase de hoy.” La médica: “Álvaro, no tienes idea del estado en que te encuentras. Tienes que ir hoy mismo. Si quieres, hablo con tu jefe, pero tienes que ir HOY.” Pensé que si me daba prisa, me alcanzaría a llegar allá y de ahí irme al trabajo. En La Raza no me atendieron, porque no tenía el carnet del IMSS, que tenía que sacarlo en mi clínica asignada. Ahí voy a mi clínica asignada, con una parada en casa y la zona para tomarme una foto, necesaria para el dichoso carnet. Terminé apenadísimo con mis estudiantes, porque tuve que darles una sesión mediocre y por Zoom, pero ya con el carnet en la mano. El viernes no podía ir a La Raza y me esperé hasta el lunes. Las expresiones del psicólogo de la Condesa y de las médicas de ahí, además del silencio de Agustín luego de que le mandé los datos de los análisis, me hicieron ver que sí estaba grave el asunto. 

 El lunes 14 de marzo… Me fui temprano a La Raza, en un Uber conducido por Lupita, quien no dejó de decirme “flaco” todo el tiempo. No le falta razón. Actualmente peso 63 kilos. Tengo cara de Josefina Vázquez Mota, sólo que sin bótox: yo sí gesticulo. Luego de dar vueltas en varios mostradores, me pasaron a un consultorio donde me atendieron un médico de planta y dos residentes. El de planta empezó con un cuestionario, similar al de la Condesa, por lo que les entregué lo que llevaba de ahí, análisis incluidos. El médico, al ver las hojas, puso la misma expresión que el psicólogo y las médicas de la Condesa y me dijo: “Álvaro, se va a quedar internado. No puedo dejarlo ir así. No le digo exactamente qué podría pasar, pero de milagro está usted de pie y anda caminando. ¿Viene usted solo?” Con las manos sudorosas y algo de taquicardia, le dije que iba solo, que podía salir y volver más tarde. “Necesito un familiar o alguien que se haga responsable de usted, pero ya no puedo dejarlo ir.” Le marqué a Agustín, quien contestó “Me lanzo para allá”, cuando le dije que estaba en La Raza y que iban a recluirme ahí…

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