Monday, April 11, 2022

No podía saberse Cap. 2 ¿Decir o no decir?



“¿Decir o no decir?” That is the question e, independientemente de la respuesta, ¿cómo y a quién? La pregunta no es retórica ni nada sencilla de responder.

El 26 de febrero fui a los análisis que me había pedido el psiquiatra, porque los necesitábamos para mi consulta de dos horas. Ese mismo sábado, me llegaron los resultados, por correo y en la tarde, menos el VIH y el VDRL. De inmediato pensé que algo había pasado con cualquiera de los dos. El lunes me llaman como al mediodía, de los laboratorios, que querían los datos de mi psiquiatra. Se los pasé. Hablaron con él, quien los mandó por un tubo: “Denle a él los resultados, ¿yo qué tengo que ver?” Semanas después, bromearíamos los dos: “¿Estamos en los cincuenta o qué?”

Los del laboratorio me explicaron que una de sus políticas era que cuando había “situaciones peculiares” con algún resultado, primero buscaban contactar con el médico en cuestión y que ya luego él atendiera a su paciente. Si no hubiera médico personal, el laboratorio me asignaba uno. Como no les funcionó con mi psiquiatra, no les quedaba otra que hablar conmigo. Sí, había salido positivo en VIH y me quedé como si nada y todo lo demás. El balón estaba de mi lado: ¿a quiénes les diría y con qué criterio? O mejor no digo nada, a nadie, lo guardo como mi secreto más preciado y listo. Revelarlo hasta el momento de mi muerte. Nadie se muere de eso…

Decir o no decir, no era lo verdaderamente importante, sino algo secundario. Importantísimo, vital, en ese momento era: ¿Qué hay que hacer? Me acordé de Jorge y decidí comentarle, por Whats, de lo que acababa de enterarme. La única persona en común que tenemos Jorge y yo está excluida de nuestra lista de contactos desde hace años… También pensé en Agustín y en mi hermano Iván. Pero al primero me gustaría decirle personalmente y a Iván… ¿sería conveniente? Me comuniqué con Jorge. Con lo seco que podemos llegar a ser los dos, nos pareció que lo que procedía era ir a la Clínica Condesa. La segunda persona a quien se lo dije fue a Iván. De rápido y con la sensación de haberle dejado una papa caliente en las manos. Después vino el episodio con Paty. A ella, lo más que pude comunicarle fue que había salido positivo en el VIH. El mini shock lingüístico me duró algo de tiempo después de que nos despedimos. Cero y van tres. La cuarta persona fue Héctor, mi psicoanalista. Sabía que él me ayudaría a armar el rompecabezas (literal) que tenía en mi cabeza. Así le fui comunicando a varias personas, lo que dio lugar a dos observaciones de mi parte, basadas en que una “confesión” de este tipo no deja de ser impactante, aun en pleno siglo XXI.

Como buena parte de mis familiares, amistades y conocidos, pertenezco a la generación que vio surgir el VIH y el SIDA, principalmente mediante los medios de comunicación. En mi caso, no fue sino hasta 2008 que alguien de mi círculo cercano contrajo VIH. En ese momento tuve oportunidad de darme cuenta de que mi información acerca del VIH y el SIDA era prácticamente nula y que en esa ignorancia se basaba mi alarma ente la situación de mi amistad cercana. No tenía idea de cuánto había avanzado la ciencia. Por ejemplo: de no haber no cura, a llegar al control sobre la enfermedad, a partir de la ingesta de antirretrovirales (ARV). Cierto que “antes” algunos conocidos tenían que tomar incluso 12 pastillitas varias durante el día, con efectos colaterales fuertes. Aunque uno estaba enterado, no hablaba del tema por pudor… o por ese estigma aún presente en 2022. Pero la novedad, después, fue que ya se había reducido la ingesta de ARV a 1 o 2. Siguiendo las indicaciones de la toma del medicamento, la expectativa de vida saludable se ha extendido tanto, tanto que es más fácil que, en la actualidad, muera uno de alguna cosa muy diferente al SIDA. De aquí la frase “Nadie se muere de VIH”. Salvo los casos sin detectar y sumamente avanzados, como sucedió conmigo, no deberíamos preocuparnos cuando alguien dice que porta el VIH. Al menos, no preocuparnos de otra cosa que esa persona comience con su tratamiento de ARV lo más pronto posible. Tampoco estaría de más actualizarnos de vez en cuando no sólo en cuanto al VIH y el SIDA, sino en lo referente a otros temas de los que hace años no nos informamos.

Pasando nuevamente al “Decir o no decir”, me percaté de que, “bajita la mano”, la información había empezado a circular entre varias personas. No me molestó. Luego de sopesarlo, decidí que hablaría abiertamente del tema con quien fuera necesario. Esto implicaba, para mí, dedicarme a buscar información médica autorizada y evitar lo más posible lo de internet o recurrir a fuentes verificadas. No sólo dedicarme a mi caso, sino aprovechar para informarme. El punto más crítico era avisarles a mis padres, quienes, por edad y circunstancias, están completamente ajenos a situaciones como por la que atravieso. Fue complicado, pero no imposible. No darles información de mi estado era para mí un sinónimo no sólo de ocultarles información, sino incluso, de mentirles. No puedo con eso. Hablé con ellos por separado y telefónicamente. Claro que se preocuparon, pero no tanto, gracias a la información previa que les había soltado a cuentagotas durante una especie de primera sesión. Ambos lo tomaron “bien” porque, como a todos los padres, lo que les preocupa es el bienestar y la tranquilidad de sus retoños. Como no hay novedades “fuertes”, desde ese día casi no hablamos del VIH en sí, pero sí de los engorrosos trámites ante el IMSS, por poner un ejemplo. Llegado el momento, platicaremos de los avances que llevemos en lo referente al tratamiento. Esos avances serán muy lentos, tanto que pasarán desapercibidos.

Lo que me llevó a decidir hablar abiertamente del asunto fue pensar que “ya no estamos en los 80”, cuando la información que recibíamos, insisto, principalmente por los medios de comunicación masiva (radio, prensa y tele, como era común entonces… y el cine, con películas como Philadelphia, Les nuits fauves o incluso con cintas como The Adventures of Priscilla, Queen of the Desert), se centraba en el estigma social de que eran víctimas portadoras y portadores… y en relacionarlos con la homosexualidad. No sólo en relacionarlos, sino prácticamente en restringir la problemática a la comunidad LGBT (como era conocida entonces). Si partimos del hecho de que “ya nadie se muere de eso”, podemos relacionar el VIH y el SIDA con enfermedades como la diabetes (un amigo psicólogo me dijo años atrás: “Álvaro, el VIH es la diabetes del siglo XXI.”) o incluso algunos tipos de cáncer. Si no “se curan” al menos se controlan al punto que ofrecen condiciones de vida dignas.

Sin caer en la minimización, hay que recordar que, en el caso del VIH, las personas sanas “sólo” tendrían la preocupación de que alguien que portara el virus no se lo transmitiera. Las personas portadoras debemos preocuparnos, entre asuntos varios, de no agravar el problema con una cepa distinta de la que portamos, de no dejar de seguir el tratamiento al pie de la letra y revisarnos periódicamente mediante análisis clínicos, así como de vigilar nuestra salud física, emocional y mental. Nadie aparta de su vida y sus circunstancias a alguien enfermo de cáncer, de hipertensión o de diabetes. Todo lo contrario. Lo mismo debería suceder con quienes viven y conviven con el VIH o con el SIDA.


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