Sunday, May 15, 2022

Esto no es literatura Cap. IV La punción

 

El miércoles fue el día de la punción lumbar. Ya me habían dicho que era algo doloroso. Juan, mi vecino de cama de enfrente, me dijo que a él no habían podido hacérsela al principio, porque el dolor había sido tan fuerte que ni con la anestesia se pudo realizar. Posteriormente se la hicieron por el tórax. El objetivo de este tipo de intervención consiste en extraer líquido cefalorraquídeo. Este líquido se localiza tanto en el cerebro como en la médula espinal y su función es ayudar a proteger el sistema nervioso, al ser una especie de amortiguador para impactos repentinos y evita lesiones en el cerebro y en la médula espinal. Vamos, que es muy importante y en el caso de quienes tenemos VIH en un grado tan avanzado como el mío, es importante revisarlo, para descartar posibles daños cerebrales. Si se encontrara algo sospechoso en el líquido, el siguiente paso sería una tomografía…

Además de la extracción de sangre, de orinar y, en ocasiones, defecar, la punción es la única intervención que se lleva a cabo en el cuarto. Hay que recordar que el miércoles yo estaba un tanto desvelado, por aquello de la llegada del compañero al lado de mi cama. Todavía era muy temprano cuando volteé a verlo y vi que estaba despierto y con su dedo índice bordeando el marco de la ventana que nos separaba. Me pareció buena idea saludarlo con la mano. Me di cuenta de que no me miraba y eso mismo me dijo Juan: “Parece que no te ve.” Le hablé por uno de sus dos nombres y tampoco parecía oír. A la hora de la visita estuvo con él una señora, quizás su mamá, que se la pasó llorando mientras le hablaba al oído. Volviendo con la punción, por fortuna, no tenía nada que ver con la alimentación y pude desayunar en paz. Eso sí, con el aviso de que en cualquier rato “me picarían”. Duraría algo así como hora y media. Para eso, tendría que estar recostado de lado y en posición fetal durante todo ese tiempo. Nada grave, tomando en cuenta que tiempo atrás habré estado alrededor de nueve meses así. Así fue como se lo dije a los dos médicos, él y ella, que extrajeron el líquido.

Además de lo anterior, el otro punto es que nadie podía entrar ni salir del cuarto mientras se estuviera realizando la punción. En lo que llegaban, me puse a leer un poco de los Cuentos completos de Elena Garro, que Agustín me había llevado. Me preguntaba si quería algo más, pero mejor quise vagar por terrenos conocidos y no ver algo nuevo, para luego no relacionarlo con la estancia en el hospital. Aún no sabíamos cuánto tiempo me quedaría ni si habría algo por qué preocuparse, o no. Un rato después llegaron la casi doctora Emily y su compañero, cuyo nombre ya no recuerdo. Él sería quien me haría la punción. Me explicaron cómo colocarme y cómo sostener las piernas con los brazos. Pero perdí la práctica de cuando estuve en el vientre materno y tuvieron que explicarme bien cómo hacerlo. Me anestesiaron un poco, pasó algo de tiempo y me dijeron que procederían con la extracción del líquido cefalorraquídeo. Que debía sentir la aguja, pero sin dolor. Primer intento: la aguja no entró bien. Segundo intento: la aguja ya entró bien, pero a la velocidad que estaba goteando el líquido, nos tardaríamos casi el doble de tiempo. Sí, el líquido sale a gotitas…

Los dos primeros intentos los hizo el médico. El tercero lo hizo Emily, quien le dijo incluso cómo tenía que pararse y qué aspectos tomar en cuenta para que todo saliera de lo mejor. Estoy seguro de que, con el tiempo, Emily será una excelente médica. Es muy sencilla, amable, atenta y… acertada. Por fin el piquete funcionó. Les sorprendió un poco que no me doliera ninguno de los tres piquetes. Sí: mi “umbral del dolor” (físico) es muy amplio. Les comenté que los perforadores que me han puesto algunos piercings también se sorprenden de eso. También les conté la anécdota de la uña desprendida y la ausencia total de dolor en esa ocasión. Hablamos del problema que podrían representar los tatuajes hechos sobre la columna vertebral, pues pueden dar lecturas erróneas del líquido.

Así estuvimos esa hora y media o poco más. A ratos platicábamos, a ratos estábamos en silencio. Yo aprovechaba los silencios para pedirle a la corte celestial que me ayudara. Mis mayores preocupaciones consistían en que el virus, el bichito, hubiera dañado algo de la vista (ya descartado para entonces) y del cerebro. Pensé en eso del bichito: si ya vamos a estar juntos por el resto de mi vida, y tal vez un poco más, no era correcto hablar del virus, del bichito. Fue entonces que pensé en llamarlo Sombrita but “We’re not gonna talk about Sombrita”, al menos, no por ahora.

El objetivo era extraer líquido para tener muestras en cinco tubitos. Se logró el cometido. Les pedí a los médicos que me enseñaran lo extraído. Parecía agua. Agustín ya había llegado para entonces y les comenté a los tres que qué curioso, que había pensado que el líquido sería de algún color. Los tres intercambiaron miradas de pánico y dijeron que no, que si hubiera salido con alguna coloración, sería motivo de preocupación. De mucha preocupación. Pero no fue el caso. Se retiraron, no sin antes decirme que procurara no pararme de la cama en unas dos horas. Ya era hora de la comida. Comí y platiqué con Agustín.

Más tarde tuve oportunidad de conversar con Juan. Intercambiamos opiniones respecto a la punción lumbar. En lo que platicábamos, mi compañero de al lado empezó a ponerse mal. Comenzó a convulsionarse de todo el cuerpo. Como ya había pasado el tiempo, me levanté de la cama y vi que estaba con los ojos en blanco, babeando y con algo como espuma blanca. Juan les llamó a los médicos, quienes llegaron atenderlo. No reaccionaba. La solución fue sedarlo. El doctor de la tarde-noche me dijo que no habían hallado nada grave en el líquido, en una primera revisión, pero que tendrían que enviarlo a patología, para descartar cualquier cosa. No hacía falta tomografía. Me sentí aliviado y entonces pensé en cómo decirles a mis padres que había salido vih+ y que mi estado ameritaba mucho cuidado, porque al haber desarrollado el sarcoma de Kaposi mi categoría era SIDA.

Esa noche fue un tanto agitada otra vez, debido a mi compañero de al lado. Llevaron varios aparatos para revisarlo y las caras de los médicos y las enfermeras no eran nada alentadoras. Comenzaron a hablar de meningitis y de posible daño cerebral, por eso de las convulsiones. Juan y el señor Manuel sí dormían…

Friday, May 6, 2022

Esto no es literatura. Cap. 3 Un día ocupado

 

El martes estuvo “algo” ocupado. A lo largo de ese día me tomaron otras seis muestras de sangre, me hicieron una prueba de penicilina, biopsia del sarcoma de Kaposi expuesto y una endoscopía.

Muy temprano llegó una enfermera y me dijo: “Voy a sacarle sangre para algunas muestras. Présteme su bracito”. Al ver los seis tubos, puse cara de “Adelante” y le dije: “Usted no me engaña: es empleada de Drácula y le lleva su colación antes de que duerma.” Me pidió que no la hiciera reír; estaba tomando las muestras. Sacaron mucha sangre. La necesaria.

Luego me hicieron la prueba de penicilina. Una vez, en secundaria, el médico me recetó penicilina. Poco después de tomar mi dosis, casi me asfixiaba, como si alguien me apretara el cuello. Sentía que se me salían los ojos, que me lloraban. Me costaba respirar. Quise decirle algo a “El Patas”, mi compañero de al lado, quien sólo se reía. Desde entonces, adiós a las penicilinas. La primera prueba salió negativa. Me encomendé con Alexander Fleming. Era martes. Le supliqué a Santa Marta. La segunda prueba también salió negativa. Ya no era necesaria la tercera. A veces pasa. Esa alergia “se va” con el tiempo.

Luego me avisaron que había espacio (y tiempo) con el endoscopista. Debería olvidarme de comer. Iban a sedarme para la intervención, que sería en la tarde. Agustín debería estar en la clínica todo ese tiempo. Es parte del protocolo: si hay sedación de por medio, la persona responsable del(a) paciente debe estar en la clínica. En el inter fueron a sacar una biopsia del sarcoma, punto de interés de casi todos los médicos y médicas que me han visto. Al ser tumores, podrían ser cancerosos. La mayoría de los estudios iban enfocados a ver qué onda con los sarcomas. Un poco de anestesia local. Pusieron algo parecido a un popote o un sacabocados sobre el sarcoma, lo movieron un poco y con unas pincitas recogieron la muestra. Dos puntadas sobre la herida y listo.

Durante la mañana y parte de la tarde estuve viendo a mis dos compañeros de cuarto. El señor Manuel se la vivía durmiendo y tirando cosas de la cama o del buró. No intentaba siquiera platicar. Juan estaba muy mal. Todo el día tuvo vómito y la mirada perdida. Achacaban eso a la mal lograda punción lumbar del día anterior. Urgía que se estabilizara para que comenzara su tratamiento. También urgía que dejara la cama lo más pronto posible: en ocho días se vencía su seguro social e Infectología no podría seguir haciéndose cargo de él. Había dos opciones: la Clínica Condesa y Hospital Siglo XXI. Su madre lo visitaba casi todos los días y pude ver que eran creyentes católicos, por la estampita colocada en la lámpara encima de su cabeza.

Me puse a mirar el techo, la habitación y lo que mi vista alcanzaba de Circuito Interior. Fueron varios médicos a platicar conmigo y aproveché para preguntarles qué era lo que se usaba más en el ambiente médico, si “endoscopia” o “endoscopía”, si “colonoscopia” o “colonoscopía”… No habían pensado al respecto y empezamos una conversación que terminó con la consulta del Diccionario (sic) de la RAE. Les hablé también del Diccionario del español de México, proyecto del Colmox, dirigido por Luis Fernando Lara, con quien me encantaba platicar acerca de Roland Barthes, ya fuera en el microbús o en los pasillos del alma mater.

Como es usual, la intervención fue más tarde de lo anunciado. El paciente debía ser trasladado en silla de ruedas y con una sábana cubriéndole las piernas. Así me llevaron a endoscopía. Amablemente me explicaron el proceso. No supe de mí durante un buen rato, hasta que me despertaron para ensillarme y llevarme al cuarto. Ya tenía hambre. Terminé mi merienda y comí lo que había guardado de la comida no comida.

Pasaron los médicos de guardia del turno nocturno. Parte del ritual era que los residentes recitaran, con el mismo nervio con que en primaria recitaba yo ya fuera “La cabra” o aquello de “Música porque sí, música vana…”, datos médicos de cada encamado, aunque sin tanto feeling. Les comenté que había tenido la endoscopía. No estaban enterados. Se preguntaron entre ellos si no habrían encontrado no-sé-qué. No estaban enterados. Voltearon a verme con cara de “dinos tú algo” y “algo” fue lo que dije: “A mí no me pregunten. Tampoco sé nada. Estaba dormido.” Rieron un poco y después se retiraron. Posteriormente me enteré que la endoscopía había revelado que sí tenía sarcoma en el esófago.

Le había pedido a Agustín que me llevara mi antifaz de Betterware y unos tapones para los oídos. “Uno propone, Dios dispone, viene el diablo y todo lo descompone…” Cerca de las 2 de la mañana llevaron un cuarto ocupante al cuarto. Lo desvistieron ahí mismo y el chico iba bastante mal. Le hablaban por su nombre y le preguntaban sus apellidos. Él contestaba algo muy distinto: “Pajaritos”, “Hamburguesa”… cosas así. Todavía estaba “consciente” y contestaba. Le pusieron suero y había mucha agitación entre el personal de guardia. El chico comenzó a no hacer caso. Después de casi dos horas, lo dejaron conectado a varios aparatos. Esa historia apenas empezaba. El chico podría haber llegado directo al hospital, procedente de alguna fiesta. Al día siguiente me harían la punción lumbar.

La doble vida de Santiago Parral

  En esta ocasión*, Malú Huacuja del Toro vuelve a sorprendernos mediante su novela Todo es personal , bastante bien editada por la editoria...